sábado, 21 de octubre de 2017

"Médico de cuerpos y almas".- Taylor Caldwell (1900-1985)


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«-He oído extrañas cosas acerca de ti, Lucano. Corren rumores de que realizas milagros.
 Se echó a reír un poco.
 -No -dijo Lucano, empezando a sentir un pequeño estremecimiento de disgusto-, no realizo milagros. Sólo Dios hace esto.
 Sus mejillas se colorearon a causa de la afrenta.
 -¡Ja! -exclamó Antipas-. Excelente. Hemos tenido bastantes hacedores de milagros en Judea, o charlatanes. Confío en que no estés aquí para excitar al pueblo. O para aclamar que tienes una misión única recibida de Dios.
 -Estoy aquí sólo para encontrar la verdad y escribirla -dijo Lucano con ira.
 Pilatos empezó a sonreír. Felipe escuchaba con una copa de vino junto a sus labios y sus brillantes ojos abiertos alerta.
 -Y yo estoy aquí para establecer la paz y el orden entre mi pueblo -dijo Antipas-. Seré despiadado con los revoltosos.
 Sus ojos brillaron amenazadores.
 -Estas aceitunas, si es que se me permite decir tal cosa en mi propia mesa... -dijo Pilatos-. ¿Qué pasa, Lucano? Pareces tener poco apetito. Mi cocinero es excelente, este cerdo asado está delicioso.
 -Quizá tu honrado visitante no gusta de la carne de cerdo -dijo Antipas con una desagradable sonrisa.
 Lucano rehusó responder a esta grosería. Permitió que un esclavo le sirviese un poco de aquella carne. Empezó a preguntarse por qué Antipas estaba tan evidentemente agitado e irritable. El tetrarca puso un puñado de pequeñas aceitunas saladas en su boca y las empezó a masticar ruidosamente, escupiendo luego los huesos. Después dijo:
 -¿De manera que estás aquí para descubrir la verdad y escribirla? Dime, ¿eres cristiano?
 -He sido cristiano desde el día del nacimiento de Cristo -dijo Lucano.
 Antipas casi dejó caer la copa con la sorpresa. Su boca quedó abierta.
 -¿Qué es lo que dices? -preguntó incrédulamente.
 Felipe se inclinó hacia adelante en su silla y la sutil sonrisa en el rostro de Pilatos desapareció.
 -Estás loco -exclamó Antipas, golpeando con su mano sobre la mesa-. Nadie ha sabido de los cristianos hasta hace cuatro años. Aquel galileo apareció por primera vez en aquel tiempo.
 -Sin embargo, yo le conocía desde el día en que nació. Fue mi propia falta de mérito lo que me hizo olvidarle durante muchos años; mi propia obstinación e ira.
 Lucano miró de frente a Antipas, que repentinamente se estremeció. Lucano le habló de Keptah, de los caldeos y babilonios, de los egipcios y de los griegos, de sus antiguas profecías. Les habló de los magos de la gran cruz en el templo secreto de Antioquía. Les contó que la estrella había sido vista por él cuando era un muchacho, en su movimiento hacia el Este. Muchos de los esclavos, a lo largo de las paredes, se inclinaban ansiosamente para oír y las lágrimas inundaban los ojos de algunos de ellos.
 -Estaba en Atenas el día de la crucifixión -dijo Lucano en tono apresurado-. El sol desapareció y sonaron ecos de gemidos y terremotos. He oído muchos rumores en mis vagabundeos de que esto ocurrió en todo el mundo conocido. ¿Crees que es una coincidencia?
 El rubor en la estrecha cara de Antipas desapareció; fue reemplazado por un tinte lívido. Permaneció silencioso; cerró sus ojos, que iban de un sitio para otro como buscando refugio y se remojó los labios con la lengua. Poncio permaneció pensativo. Su mano jugaba con una copa. Felipe sonrió y alzó su cabeza como si hubiese llegado a una profunda resolución.
 Antipas empezó repentinamente a temblar como poseído por un frío interior. Por fin dijo en aguda y furiosa voz:
 -Todo esto es una insensatez. Hablé con Jesús personalmente. Había esperado que Él fuese el Mesías. Deseé ver sus pretendidos milagros por mi cuenta. -Dirigió una furtiva mirada a Pilatos-. Conozco las profecías del Mesías. Las he oído durante toda mi vida -de nuevo humedeció sus labios con la lengua y volvió a mirar a Pilatos-. El Mesías iba a librar a los judíos de los opresores. ¿Me perdonarás, Poncio? Esto era la profecía real. Pero Jesús declaró que no era de este mundo, que las cosas del César no le concernían. Le hice traer a mí.
 Hizo una pausa. Sus temblores se hicieron más perceptibles.
 -A pesar del sumo sacerdote, que lo acusaba no sólo de violar la ley, sino también de incitar al pueblo contra la autoridad y provocarle a la rebeldía, a fin de conservar la seguridad del pueblo judío, le hice traer a mí para interrogarle. Si hubiese sido el Mesías se hubiese manifestado  en toda su gloria y milagros a mí; hubiese quedado transformado ante mis ojos. Pero para mi gran desilusión, era tan sólo un miserable mal vestido campesino de Galilea. Le interrogué, le imploré que se revelase si era realmente el Mesías. Pero permaneció ante mí en silencio y no contestó. Ante mí, el Tetrarca de Jerusalén. Tan sólo me miró como si no me hubiese oído. Había sido informado de que él me había llamado "esa zorra". Estaba dispuesto a perdonarle si él hubiese sido en verdad el Mesías, porque los dioses no tienen reverencia para los hombres, ni siquiera para los reyes.
 Por primera vez Antipas bebió largamente de su vino y extendió su copa solicitando más. Movió la cabeza negando una y otra vez.
 -Un desgraciado galileo. ¡Qué imprudencia la suya asegurando que era el Mesías de los siglos! Allí permaneció y sólo me miraba sin contestarme. ¿Por qué no me contestó? Era bastante voluble entre sus seguidores y ante su pueblo. He llegado a la única conclusión. Enfrentado con la majestad de la autoridad y lleno de temor, él no pudo hablar. Perdió su lengua. Por lo tanto comprendí que aquél no era el Mesías, sino tan sólo un insurrecto. Era un pobre campesino que había engañado a los ignorantes y sencillos. Me enfurecí profundamente, tanto contra la blasfemia como contra la insurrección que había instigado. Y por lo tanto le dije: "Tú no eres el Mesías. Eres un farsante y un mentiroso." No puedo deciros la ira y la desilusión que me embargaron contemplando su mirada hacia mí. Por lo tanto, le entregué a la justicia y me burlé de sus pretensiones colocando un manto llamativo sobre sus hombros y despachándolo.
 Felipe dijo:
 -También te enfureciste contra uno llamado Juan el Bautista. Habló contra ti a causa de tu esposa Herodías. Permitiste su muerte a requerimiento de tu esposa.
 Los ojos de los dos hermanos se encontraron como el choque violento de dos espadas. Luego Antipas miró a su hermano con odio y dijo:
 -No soy ambicioso. Soy el Tetrarca de Jerusalén y amigo de Poncio Pilatos.
 Felipe se encogió de hombros.
 -Hablas de aquellos que son crédulos. Sin embargo, esperabas que Juan fuese Elías nacido de nuevo.
 Antipas dejó de mirarle y dirigió su malévola mirada hacia Lucano.»
 

viernes, 20 de octubre de 2017

"Comedia sin desenlace".- José Echegaray (1832-1916)


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Escena I
Don Santiago, doña Mercedes y un escribiente.
El escribiente sentado a una mesa a la izquierda del espectador y escribiendo lo que don Santiago dicta. Éste paseándose por la sala y dictando. Doña Mercedes, sentada a la derecha y ocupada en sus labores o leyendo.
«Don Santiago: (Dictando.) Y hágale usted entender a ese señor alcalde... a ese señor alcalde... que no estoy dispuesto a tolerar sus alcaldadas... sus alcaldadas... ¡y que no digo él, mísero alcalde de monterilla… menos que de monterilla, de caperuza... de caperuza…, sino todos los alcaldes de casa y corte que resucitasen para el caso... para el caso... todos juntos no lograrían atropellar a don Santiago Carmona... Carmona, sin recibir un buen zarpazo de don Santiago! Esto del zarpazo, subrayado. Ahora acaba usted la carta con las fórmulas de ordenanza. ¡Vaya con el canalluca! No, pues le siento la mano y le clavo la zarpa.
 Doña Mercedes: Pero ese alcalde fue amigo tuyo.
 Don Santiago: Ya lo creo, como que me ganó unas elecciones que estaban muy reñidas. Por eso precisamente sé cómo las gasta.
 Doña Mercedes: Y las ganaría haciendo esas alcaldadas que ahora te indignan.
 Don Santiago: Es distinto, hija: es distinto. Tú no entiendes de política.
 Doña Mercedes:  Lo que no quieras para ti, no lo quieras para el prójimo.
 Don Santiago: (Riendo.) ¡El prójimo! ¡Tiene gracia! El adversario político, y mucho más el que nos disputa una elección, ni fue, ni es, ni será nunca nuestro prójimo. O si te empeñas en que lo sea, será de esos prójimos a los cuales se les da contra una esquina o contra una urna electoral.
 Doña Mercedes: Yo creo, sin embargo...
 Don Santiago: Mira, Merceditas, tu especialidad no son las elecciones. Déjame acabar mi correspondencia, que es urgente.
 Doña Mercedes: Bueno. (Vuelve a sus labores.)
 Don Santiago: Ahora tiene usted que escribir varias cartas. (Al escribiente.) Le daré á usted la idea y usted las redacta a su gusto. (El escribiente va tomando notas a medida que habla don Santiago.) A don Policarpo: que, aunque ya sabe que estoy en la oposición y que me persiguen como a un perro rabioso, por complacerle hice los imposibles, y que tendrá su sobrina el estanco, y su sobrino la cartería, y su otro sobrino el empleo en consumos; que recomendé con eficacia su pleito; por último, que le mando el reloj de péndola que me pidió, y la caja de puros que me pidió, y la camiseta de lana que me pidió, y que además le mando a todos los diablos... No, esto de los diablos no lo ponga usted, porque esto fue lo único que no me pidió: yo le mando a ellos por cuenta mía.
 Escribiente: Ya comprendo.
 Doña Mercedes: ¡Válgame Dios, que un hombre independiente como tú, sufra esas impertinencias!
 Don Santiago: Es preciso, querida: es preciso. Don Policarpo tiene doscientos votos y mucha influencia. ¡Ah! (Volviéndose al Escribiente.) que le mando los polvos para matar moscas, aunque no en tanta cantidad como él deseaba, porque no los encontré... y porque me quedo con unas cuantas libras para matar moscones en cuanto sea diputado. Esto de los moscones tampoco lo pone usted.
 Escribiente: Claro está.
 Don Santiago: Otra; al tío Porrales: que tengo un gran sentimiento, que se lo anuncio ¡con lágrimas en los ojos!... y subraya usted las lágrimas... y subraye usted también los ojos... que la causa de su chico va muy mal; porque según me escriben de la Audiencia, está probado que Mamerto Porrales fue el primero que pegó con la cachiporra al hijo del Porruno, y que quizá este primer golpe fue el que causó la muerte del difunto: póngalo usted así, porque así lo entenderá mejor: la muerte del difunto. Y que además todos saben ¡la fuerza de brazo que tiene Mamerto! Esto (Dirigiéndose a su mujer.) llenará de orgullo al tío Porrales, y siempre es un lenitivo a su pena. Pero que, de todas maneras, si me saca diputado, como entonces tendré mucha influencia, le sacaré el indulto. Así: saca por saca: diputación e indulto, y si no, se pudre en un presidio el bárbaro del porraleño.
 Doña Mercedes: Pero Santiago, ¡que tú protejas asesinos a cambio de un acta! ¡Santiago!
 Don Santiago: ¡Qué cosas dices! No fue asesinato, fue riña: cada uno riñe con sus armas naturales: nosotros, con la palabra: ellos, con la cachiporra.
 Doña Mercedes: ¿Pero qué necesidad tienes tú de meterte en esas cosas?
 Don Santiago:  Queridita mía, el bien público y el deber político lo exigen. ¡Soldado de la idea, a la batalla voy! Otra: (Al escribiente.) a la viuda de Cascajares: una carta muy fina, y dice usted que no va de mi letra porque... porque... porque tengo reuma en el brazo; pero que la viuda de mi pobre amigo Cascajares, ¡será eternamente mi viuda!
 Doña Mercedes: ¡Hombre! ¡Tu viuda!
 Don Santiago: No: mi viuda, no; ¡mi amiga eterna! ¡mi amiga ineludible! (Al escribiente.) Que cuento con ella en la próxima lucha electoral, y que espero que hará por su buen Santiago lo que hubiera hecho el pobre Cascajares. Siempre que ponga usted Cascajares, ponga usted ¡pobre!.
 Doña Mercedes:  Pues dicen que la viuda del pobre Cascajares se casa.
 Don Santiago:  ¡Diablo! Entonces Cascajares a secas; o no le nombre usted: diga usted “aquél”. Al concluir la carta pone usted como postdata que le mando un juguete para el monísimo de Rufinito.
 Doña Mercedes: La verdad; cuando estuve en el pueblo y vi a Rufinito, no me pareció tan mono como dices.
 Don Santiago: ¡Que no es mono! pues si parece un mico. Feo, estúpido y antipático como el bestia de Cascajares, que en paz descanse. Pero son ciento cincuenta votos. Otra: al señor Cura, que lo felicito cordialmente por su último sermón y que le mando una escopeta de dos tiros. “¡Cosa buena el sermón!” y “cosa buena la escopeta” pero que no se distraiga y dispare desde el púlpito sobre los feligreses creyendo cazar venados, perdices y conejos.
 Doña Mercedes: ¡No digas eso, Santiago!
 Don Santiago: Como lo digo: (A doña Mercedes.) si a él le hacen mucha gracia estas cosas... (Al escribiente.) Y concluya usted la carta diciendo: «¡Santiago, y a ellos!» A todas estas cartas contesta usted en los términos de siempre. (Le da un paquete de cartas.) Variantes de mi circular: el bien público, los intereses del distrito, etc., etc.: además, ya he puesto algunas notas. Las despacha usted y me las trae a firmar. Han de salir hoy mismo.
 Escribiente: Sí señor: con el permiso de ustedes. (Sale por la izquierda, primer término, llevándose cartas y papeles.)
Escena II
Don Santiago y Doña Mercedes
 Doña Mercedes: Válgame Dios, Santiago, que cuantos más años pasan, más se te enardece la fiebre política. Un hombre como tú, independiente, rico, ilustrado, noble, altivo...
 Don Santiago: Se agradece, mi señora doña Mercedes. ¡Al oírte, me siento noble y altivo!
 Doña Mercedes: ¡Y siéndolo, porque lo eres, te rebajas, te humillas hasta convertirte en mísero adulador del tío Porrales y de la viuda de Cascajares!
 Don Santiago: ¡Qué remedio! La adulación, querida Mercedes, es y será eterna. En otros tiempos, un hombre político adulaba a los magnates; hoy, un hombre político escribe cartas cariñosas al tío Porrales y a la viuda del difunto; ¿qué más da? Al fin y al cabo adular al débil es más digno que adular al poderoso: indudablemente es un progreso.
Doña Mercedes: Es que no les adulas en cuanto débiles, sino en cuanto son relativamente poderosos: ¡doscientos votos!... ¡ciento cincuenta votos!... ¡que no tuvieran votos y ya veríamos!
 Don Santiago: ¡Oh, moralista con faldas! ¡Filósofo estoico del género femenino! Escucha: la adulación, que al pronto parece cosa fea, no es más en el fondo que un efecto inevitable de la solidaridad humana: en estas sociedades modernas todos nos necesitamos y todos nos adulamos. (Tomando tono de discurso.) ¡Ah!... ¡sí!... la adulación circula desde las soberbias cúspides a las humildes hondonadas. Adulan emperadores y monarcas a sus pueblos, para que les afiancen con lazos de cariño las coronas. Adula el pretendiente al ministro para que le conceda un destino, y el ministro al diputado para que le apoye en la Cámara, y el diputado en ciernes al tío Porrales para que le dé sus votos. Adula el aristócrata o el potentado al humilde revistero para que escriba con tinta de arrope y miel rosada las maravillas y esplendores de su regio palacio. Adulan todos al periodista, porque la letra de molde es formidable y temerosa, y a su vez adula el periodista al público, porque el público es el que paga. Adula el general al soldado con proclamas más o menos épicas, para que le dé con su sangre la victoria, y adula el amante a la mujer hermosa para que le conceda las regaladas ternuras de su amor. ¡Ah! ¡la adulación universal es el tributo del egoísmo universal al amor universal! ¿Que la adulación es hipocresía? ¿Qué importa! ¡Al fin los moldes comunican sus formas a las esencias, como dijo Santo Tomás!
 Doña Mercedes: ¡Ea! ¡ya te lanzaste! ¡mira que no estás ni en un Congreso ni en un Ateneo!
 Don Santiago: Me acusas: me defiendo. Y todo, ¿por qué? ¡Porque le mando un juguete a Rufinito, una escopeta al señor cura y una camiseta de lana a don Policarpo! ¿Y qué? ¿No es triunfo, no es progreso, no es fruto de paz y de  fraternidad universal, esto de que yo, que aspiro a los más altos poderes de la Nación, tenga que atender y que mimar a los humildes del surco y del terruño? Cuando la noble ambición, cuando el amor a la patria, cuando los nuevos ideales...
 Doña Mercedes: ¡Mira que me voy!...
 Don Santiago:  Cuando...
 Doña Mercedes: Cuando te pones así, te pones irresistible...»
 

jueves, 19 de octubre de 2017

"Crónica de un vendedor de sangre".- Yu Hua (1960)


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«En la ciudad, mucha gente que conocía a Xu Sanguan consideraba que Segundo Júbilo tenía la nariz de su padre y Tercer Júbilo sus ojos, pero en Primer Júbilo no veían ni rastro de Xu Sanguan. La gente empezó a rumorear, diciendo que si el niño no se parecía en nada a su padre; que si tenía la boca de su madre, pero tampoco se le parecía a ella en lo demás; que, aparentemente, la madre podía ser Xu Yulan pero, ¿sería Xu Sanguan el padre? ¿Quién habría plantado la semilla de Primer Júbilo en el cuerpo de Xu Yulan? ¿No sería He Xiaoyong? Los ojos de Primer Júbilo, su nariz y también sus grandes orejas se parecían cada vez más a los de He Xiaoyong.
 Los rumores llegaban una y otra vez a oídos de Xu Sanguan, que pensó: "No paran de decirlo, dale que te pego, a ver si van a tener razón...". Y fue a hablar con Xu Yulan.
 -¿Has oído lo que dicen por ahí? -preguntó.
 Xu Yulan sabía a qué se refería Xu Sanguan. Soltó la ropa que estaba lavando, se secó la espuma de las manos con el delantal y fue a sentarse pesadamente en el umbral.
 -¿Qué habré hecho yo en mi vida anterior? -se preguntó llorando.
 Su llanto hizo que sus tres hijos, que andaban fuera, acudieran a la entrada y formaran un corro a su alrededor, asustados al ver que lloraba y gritaba cada vez más desconsoladamente. Xu Yulan se enjugó las lágrimas con la mano y luego la sacudió como para desprenderse de los mocos.
 -¿Qué habré hecho yo en mi vida anterior? -dijo, meneando la cabeza-. ¡No tengo viudez que guardar, ni me he casado más que una vez, ni tengo amante y aún así dicen que mis hijos tienen dos padres! ¿Qué habré hecho yo en mi vida anterior? Está claro que mis tres hijos tienen un solo padre, y aun así dicen que tienen dos...
 Al ver a su mujer llorando en el umbral, a Xu Sanguan le empezó a zumbar la cabeza.
 -¡Entra en casa! -le gritó desde dentro-. ¡No te quedes ahí! ¿Qué haces llorando y dando esas voces? ¿Qué pasa, que no tienes vergüenza para andar berreando una cosa así a los cuatro vientos? Entra...
 Los vecinos fueron acudiendo uno tras otro.
 -¿Por qué lloras, Xu Yulan? -le decían-. ¿No te llegan los bonos de racionamiento? ¿Xu Sanguan te maltrata? ¡Xu Sanguan! ¿Dónde está?... Si no hace ni un momento he oído su voz... ¿Por qué lloras, Xu Yulan? ¿Has perdido algo? ¿Tienes otra deuda? ¿Tus hijos han hecho alguna trastada por ahí?...
 -No -dijo Segundo Júbilo-, no habéis dado ni una. Mi madre llora porque Primer Júbilo se parece a He Xiaoyong.
 -Ah... -dijeron los vecinos-. Es por eso...
 [...] Dentro, a Xu Sanguan le rechinaban los dientes de rabia. Pensaba que esa mujer era una tonta y una imbécil. "Todo el mundo sabe que los trapos sucios no se airean a los cuatro vientos, pero ella, ¡nada! Se sienta en la entrada y lo larga todo a voz en grito." Y allí en la habitación estaba él, con los dientes rechinándole de rabia mientras oía a Xu Yulan, que seguía fuera, llorando y lamentándose.
 -¿Qué habré hecho yo en mi vida anterior? Ni soy una viuda que se haya vuelto a casar, ni tengo amante, tengo tres hijos... ¿Qué habré hecho yo en mi vida anterior para haber conocido a He Xiaoyong en ésta? Y He Xiaoyong, claro, tan tranquilo, a él no le pasa nada. ¿Qué voy a hacer yo si Primer Júbilo se le parece cada vez más? Sólo fue una vez, luego ya nunca más me dejé. Sólo fue una vez y ahora resulta que Primer Júbilo se le parece cada vez más...
 ¿Cómo? "¿Sólo fue una vez?" A Xu Sanguan toda la sangre del cuerpo se le subió a la cabeza de repente. Abrió la puerta de la habitación de una patada.
 -¡Entra ahora mismo, me cago en la puta! -rugió ante Xu Yulan sentada en el umbral.
 El alarido asustó a todos los que estaban fuera. Xu Yulan dejó de llorar de golpe y, sin decir nada, se volvió para mirar a Xu Sanguan. Éste salió a la puerta y levantó a Xu Yulan del suelo.
 -¡Largo de aquí! -gritó a los mirones.
 Cuando iba a cerrar la puerta, los tres niños quisieron entrar.
 -¡Largo de aquí! -gritó a sus hijos.
 Dio un portazo, arrastró a Xu Yulan hasta la habitación, dio otro portazo y tumbó a Xu Yulan en la cama de un bofetón.
 -¿Te acostaste con He Xiaoyong?
[...] -Sí -dijo ella entre sollozos.
 -¿Cuántas veces?
 -Sólo una.
 Xu Sanguan levantó a su mujer de un tirón y le propinó otra bofetada.
 -¡Serás puta! -gritó-. ¿Y dices que no tienes amante...?
 -No lo tengo, es la verdad -dijo Xu Yulan-. Fue culpa de He Xiaoyong, él me aplastó contra la pared y luego me arrastró hasta la cama...
 -¡Que te calles! -vociferó Xu Sanguan; pero inmediatamente después quiso saber qué había pasado-. ¿Y tú no lo empujaste? -preguntó-. ¿No le mordiste? ¿No le diste patadas?
 -Sí que lo empujé y le di patadas -dijo Xu Yuan-, pero él me aplastó contra la pared y me agarró las tetas...
 -¡Que te calles! -gritó Xu Sanguan, soltándole un par de bofetadas, tras lo cual quiso saber qué había pasado después-. ¿Él te agarra las tetas y tú vas y te acuestas con él?
 [...] -Cuando me agarró las tetas me quedé sin fuerza ninguna.
 -¿Y te fuiste con él a la cama?
 -No me quedaba fuerza ninguna y él me arrastró hasta la cama...
 [...] -¿Fue en nuestra casa? -dijo Xu Sanguan-. ¿Fue en esta cama?
 -Fue en casa de mi padre -dijo Xu Yulan al cabo de unos instantes.
 Xu Sanguan se sintió cansado y se sentó en un taburete.
 -¡Nueve años! -dijo asaltado por la congoja-. ¡Nueve años me ha durado la felicidad! Y ahora resulta que Primer Júbilo no es hijo mío, que he sido feliz en vano... Nueve años he criado a ese niño para nada, me cago en la puta, todo para que al final sea hijo de otro... 
 De repente, algo le vino a la mente, y se levantó de golpe.
 -¿Pasaste con He Xiaoyong la primera noche? -aulló.
 -No -contestó Xu Yulan, llorando-. La primera noche la pasé contigo...
 -Ahora me acuerdo -dijo Xu Sanguan-. La primera noche seguro que la pasaste con él. Te dije que encendiéramos la luz y tú no quisiste. Ahora lo sé: tenías miedo de que me diera cuenta, de que me diera cuenta de que te habías acostado con He Xiaoyong...
 -No quise encender la luz -dijo Xu Yulan, llorando- por timidez...
 -Seguro que pasaste la primera noche con He Xiaoyaong. Si no, ¿cómo es que no se le parecen ni Segundo Júbilo ni Tercer Júbilo? Es justamente Primer Júbilo el que ha salido a ese cabronazo. O sea, que mi primer hijo es hijo de otro. ¿Con qué cara voy a salir ahora a la calle...?
 -Xu Sanguan, acuérdate. En nuestra noche de bodas, ¿sangré o no?
 -¿Y qué si sangraste? ¡Si estabas de fiesta, so puta!
 -Válgame el cielo...»
 

miércoles, 18 de octubre de 2017

"Un mundo feliz".- Aldous Huxley (1894-1963)

 
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«-Los primeros experimentadores -fue diciendo el D.I.A.*- iban por mal camino. Creyeron que podían hacer de la hipnopedia un instrumento de educación intelectual...
 Un niño dormido sobre el lado derecho, el brazo laxo fuera de la cama, con la mano colgando. Una voz habla quedamente por entre la rejilla redonda que cubre uno de los costados de una caja.
 "El Nilo es el mayor río del África y el segundo del mundo en longitud. Aunque más corto que el Mississipi-Missouri, el Nilo está a la cabeza de todos los ríos por la extensión de su cuenca, que abarca 35 grados de latitud..."
 Al día siguiente, al desayuno, se le preguntaba:
 -Tomasín, ¿sabes cuál es el mayor río de África?
 Y el niño sacudía la cabeza.
 -¿Y no te acuerdas de algo que empieza "El Nilo es el..."?
[...]
 Tomasín se echaba a llorar.
 -No lo sé, decía lloriqueando. Estos lloriqueos desesperanzaron a los primeros investigadores. Se abandonaron las experiencias y no se volvió a pensar en enseñar a los niños, durante el sueño, la longitud del Nilo. Bien hecho. No se puede aprender una ciencia sin saber perfectamente de lo que se trata. Sin embargo, si hubiesen comenzado por la educación moral... -dijo el Director guiándoles hacia la puerta. Los alumnos le siguieron garrapateando desesperadamente, mientras andaban y dentro del ascensor-. La educación moral, que no debe nunca ser racional en modo alguno.  
[...]
Cincuenta metros recorridos de puntillas lleváronles a una puerta que el Director abrió cuidadosamente. Entraron en la penumbra de un dormitorio con las ventanas cerradas. Ochenta camitas se alineaban a lo largo de la pared. Sentíase el rumor de respiraciones lentas y regulares, y un murmullo continuo, como de voces muy quedas que susurraban lejos.
 Una niñera se levantó cuando entraron y cuadróse ante el Director.
 -¿Cuál es la lección de esta tarde? -preguntó.
 -Ha sido el Sexo Elemental durante los primeros cuarenta minutos -respondió-. Pero ahora hemos conectado con la de elementos del Sentido de las Clases Sociales.
 El Director recorrió lentamente la larga fila de camitas. Entregadas al sueño, ochenta rosadas criaturas yacían, respirando suavemente. De debajo de cada almohada salía un susurro. El D.I.A. se detuvo e, inclinándose sobre una cama, escuchó atento.
 -¿Elementos del Sentido de las Clases Sociales, decíais? Lo haremos repetir un poco más alto en el altavoz.
 Al extremo del cuarto había uno de estos, que sobresalía del muro. Fue hasta él el Director y oprimió un interruptor.
 "...visten de verde", decía una voz suave, pero clara, comenzando por la mitad de la frase, "y los niños Deltas, de caqui. ¡Oh, no, no quiero jugar con los niños Deltas! Y los Epsilones son aún peores. Son demasiado tontos para aprender a leer y escribir. Además, van de negro, que es un color antipático. ¡Cuán contento estoy de ser un Beta!"
 Hubo una pausa; continuó la voz:
 "Los niños Alfas van de gris. Trabajan mucho más que nosotros porque son prodigiosamente inteligentes. La verdad es que estoy muy satisfecho de ser un Beta, pues no tengo un trabajo tan pesado. Y además somos mucho mejores que los Gammas y los Deltas. Los Gammas son unos tontos. Visten de verde. Y los niños Deltas de caqui. No, no, no quiero jugar con los niños Deltas. Y los Epsilones son aún peores. Son demasiado tontos para aprender..."
 El Director dio vuelta a la llave y la voz cesó. Sólo un susurro fantasmal continuó bajo las ochenta almohaditas.
 -Se les repetirá aún cuarenta o cincuenta veces antes de que se despierten; y lo mismo el jueves y el sábado, ciento veinte veces, tres veces por semana, durante treinta meses. Tras lo cual pasarán a otra lección más adelantada.
 Rosas y sacudidas eléctricas, el caqui de los Deltas y una bocanada de asafétida, unidos indisolublemente antes de que el niño supiese hablar. Pero el acondicionamiento sin palabras es grosero y rudo; no puede hacer captar las distinciones más finas, no puede inculcar las normas de conducta más complejas. Para eso son necesarias las palabras, pero palabras sin razón. Hipnopedia, en suma.
 -La mayor fuerza moralizadora y socializadora de todos los siglos.
 Los alumnos lo escribieron en sus cuadernos. Ciencia bebida en la propia fuente.
 El Director oprimió de nuevo el interruptor:
 "... prodigiosamente inteligentes -decía la voz dulce, insinuante-. La verdad es que estoy muy satisfecho de ser un Beta, pues..."
 No como gotas de agua, aunque el agua es capaz, en verdad, de horadar a la larga el más duro granito, sino como gotas de lacre derretido que se adhieren, se incrustan, se incorporan al objeto sobre el que caen, hasta que por fin la roca quede convertida en un bloque escarlata.
 -Hasta que al fin la mente del niño sea esas sugestiones, y la suma de esas sugestiones sea la mente del niño. Mas no sólo la mente del niño, sino también la del adulto y para toda su vida. La mente que juzga, y desea y decide, integrada por esas sugestiones. ¡Pero he aquí que todas esas sugestiones son nuestras sugestiones! -el Director casi gritó de orgullo-. Sugestiones del Estado -golpeó sobre la mesa más próxima-, y por consiguiente...
 Un ruido le hizo volverse.
 -¡Oh, Ford! -dijo cambiando de tono-. ¡He despertado a los chiquillos!»
 
 
*Director de Incubación y Acondicionamiento.  

martes, 17 de octubre de 2017

"El paso tan lento del amor".- Héctor Bianciotti (1930-2012)


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«Nada podía arrastrarme a semejante desconcierto, pero la única posibilidad de vivir me era ofrecida por España y me resigné a ello. Liberado de la dictadura delirante de Perón, nutrida, día tras día, por la cacería política y la delación generalizada, el 30 de octubre de 1955 ingresé en la negra España del Caudillo, la del despotismo férreo, bien que sin escándalo.
 El argentino no ama a España, la Madre Patria: lejos estaba yo de suponer, sin embargo, al cruzar la frontera en Irún, hasta qué punto la detestaría.
 Transportado por la adversidad de una tiranía a otra, me sorprendía que hubiese hombres que desearan furiosamente el poder y se instalaran en él sin experimentar el terror que debería acompañarlo. Mi opinión política, bauticémosla así -una anarquía limitada por el respeto al otro-, se formó en gran parte con la contribución de mi padre, sin que él lo supiera.
 Yo tenía nueve años en 1939, cuando estalló la guerra en Europa, y ver a mi padre sonreír al escuchar las noticias que transmitía, con fuertes crepitaciones, el aparato de radio, cuando anunciaba el retroceso de los Aliados y marcar de inmediato sobre el mapa de Europa, que se había procurado Dios sabe dónde, la posición de los alemanes, me enseñó a llevar la cuenta de los avances de unos y otros y a alegrarme de lo que él lamentaba.
 Nunca lo suficientemente pedante, él ignoraba, sin embargo, que yo me rebelaba, oponiéndome a él en todo lo que estaba a mi alcance y, sobre todo, por precaución, en todo aquello que no lo estaba.
 En este punto me gustaría entrar en la habitación con piso de baldosas rojas y destartaladas de la pensión madrileña, pero la memoria, que prefiere los ecos y las afinidades antes que la cronología, me conduce, casi seis años más tarde, a la que el Greco ocupa en un hotelucho de París, en la Rue Dauphine.
 Subo una escalera que huele a humedad, tropiezo con los escalones, las varillas de cobre que ya no retienen sino a intervalos la alfombra deshilachada. En lo alto de cada tramo, la luz de una bombilla desnuda. Unos escalones después del último descansillo, se abre la puerta "32".
 El Greco, a medias tendido sobre su cama, las piernas replegadas, dibuja. La habitación, que parcialmente pierde su revoque, forma una suerte de trapecio; los lados más largos esbozan una perspectiva, aunque ésta aparece falseada a causa de la ventana ubicada al costado del punto de fuga. Esto es lo que el Greco está dibujando.
 Revienta de risa al poner bajo mi vista un croquis, al tiempo que me señala el techo: "Dios es un humorista... esta pieza ¡la ha dejado sin terminar!"
 [...] Por completo, desprovisto de dinero, el Greco evitaba salir del hotel pues temía, al volver, encontrarse con su equipaje depositado en la recepción; no pagaba su habitación desde hacía varias semanas y nadie, entre sus relaciones, tenía miedos para resolver su situación, si bien sus amigos compartían con él lo que lograban procurarse: un croissant por aquí, una porción de pizza por allá, una torta y agua helada, que era por entonces la bebida favorita del Greco. 
 Le había llevado un guisado, a primera vista muy apetitoso y justo al alcance de mi bolsillo, sin calcular la impresión de disgusto que al abrir el paquete podía experimentarse ante el contraste entre esa carne y esas legumbres embebidas en caldo, y la caja de cartón que las contenía y que en el camino se había humedecido.
 Se rio a carcajadas y, al instante, conmovido por mi pena, emanó de él, súbitamente apaciguado, una extraña dulzura, mezcla de animal, de ángel y de niño, todo entero en la luz de su mirada azul.
 Ese día fue cuando me habló de su muerte: no estaba en él la negación de sí mismo, al contrario; más que el presentimiento, tenía la certeza de morir joven y que "se trataría" de suicidio; hablaba de ello como si alguien que fuese más él mismo que él, fuera a ejecutar la tarea en su lugar.
 En ese momento en que lo vuelvo a ver, cercado por la ignorancia de lo que va a ocurrirle, el Greco enciende la lámpara de la mesa de noche. Estamos de pie, el desorden del lecho nos separa. Afirma que prefiere "una muerte juvenil" -ésa fue su expresión- porque toda su vida, no importa a qué edad concluya, es una vida realizada. Y oigo de nuevo las inflexiones irónicas de su voz: "No será dramático, será justo como beber un vaso de agua. Mi único miedo es retrasarme... Me quedan por hacer muchas cosas". Y ríe.
 El humor -se aferraba a él- quedaba a salvo; lo necesitaba.
 Y una y otra y otra vez, y otra vez más, y nuevamente, con las alas cortadas pero con el impulso intacto, voló -durante los breves años asignados por el destino a su trabajo, los tres años que le quedaban por vivir- hacia algunas gloriosas derrotas. Como a cualquiera, le había llevado largo tiempo traducir en pensamiento lo que desde siempre le proponía su sensibilidad.
 La belleza, como objetivo del arte, ¿le parecía una vanidad, y el saber mostrar más importante que el saber hacer? Abandonó pinceles y lápices por una barra de tiza con la cual trazaba círculos en torno de los transeúntes de Saint-Germain-des-Prés, obligando así a la gente sentada en las terrazas, a mirarlos.
 [...] El dedo, y el Greco: "El Arte Vivo es la aventura de lo real. El artista enseñará a los demás a mirar de nuevo lo que pasa en la calle. El Arte Vivo busca al objeto, pero 'el objeto hallado' lo deja en su lugar, no lo transforma, no lo 'mejora'. El Arte Vivo es contemplación y comunión directa. Quiere terminar con la premeditación que implican la galería y la exposición. Debemos ponernos en contacto con los elementos vivos de nuestra realidad: movimiento, tiempo, personas, conversaciones, olores, ruidos, lugares, situaciones. Arte Vivo. Movimiento Dito. Alberto Greco, 24 de julio de 1962, a las 11.30".
 Tal el manifiesto "Dito del arte vivo" -o "Dedo del arte vivo"- que concibió y publicó en Génova, ciudad que, entre todas las de Italia, es la primera que el niño argentino conoce enseguida, de oírla nombrar, pues cree que de Génova partieron las carabelas de Cristóbal Colón, La Niña, La Pinta y la Santa María.
 El Greco expuso en París una caja de vidrio llena de ratones, y los liberó al paso del presidente de la República de Italia, durante una ceremonia oficial en Venecia; y en Roma, con un cómplice, Carmelo Bene, aún no famoso, que montaba sus primeras obras en un teatrito próximo a la Ciudad del Vaticano, se lanzó a un happening frente a un público de alto copete.»
 

lunes, 16 de octubre de 2017

"Menina y moza (o Saudades)" .- Bernardim Ribeiro (1482-1552)


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XXXVI

«Cerca de un río grande, del que dicen que nace en las Manchas de Aragón, nací yo en un castillo que de todas partes a su alrededor desde donde se ve, que es muy lejos, parece estando señor de cuanto ve. Fui criada con otras hermanas mías en esperanzas grandes para las que sólo ellas eran criadas. Y de todas, siendo yo la más pequeña y no menos hermosa, fui escogida para servir a Diana, diosa de la castidad, entre estas altas sierras donde ella honradamente es custodiada por ninfas. Mas en aquello que se hace contra la voluntad de quien lo hace parece que se ofende a algún dios, porque después siempre surgen complicaciones  que impiden alcanzar el fin debido.
 Así me aconteció a mí, que andando un día de caza por entre estas breñas, acerté por acaso a encontrarme con un caballero que por aquí andaba también disfrazado con trajes de cazador, y por mi causa, según él engañosamente me hizo creer entonces. Y como yo diese con él súbitamente, quise volver el paso atrás huyendo y así, en verdad, lo empecé a hacer. Mas él, que corría más que yo, lanzándose enseguida detrás de mí, me alcanzó no muy lejos de aquí donde ahora estamos. Y pronunciando palabras de amor, me contuvo con lisonjeos y mimos diciéndome: "Yo no soy por ventura quien vos, señora, creéis." Y mezclando estas palabras con unas grandes lágrimas que dejaba caer por su bien plantada barba abajo, me contó quién era y cómo se llamaba y cómo hacía mucho tiempo que andaba por aquí convertido en cazador esperando sólo poder volver a verme, haciéndome creer que ya me había visto en otra parte y que desde entonces hasta ese momento nunca más me pudo borrar de su memoria. Y así me dijo engañosamente estas engañosas palabras que aunque yo fuera fea, no se las hubiera podido dejar de creer entonces como, triste de mí, se las creí.
 En fin, ¿qué os he de decir? Yo era feliz con todo en lo que él mostraba su agrado. Y en aquel amor pasamos ambos cuatro años enteros que entonces nos parecían a nosotros días. Y, ahora, al final de éstos y al comienzo de mi desventura, otra ninfa de estos bosques le vino, parece, a parecer bien y a escondidas de mí se buscaban uno al otro. Mas yo, nunca segura, recelosa, enseguida presentí los engaños, pues, ¿quién puede engañar a una persona enamorada? Y, para herirme aún más, también yo, ingeniosa en mi dolor, tantos medios busqué que un día, volviendo de la caza y poniéndome a la mesa bien acompañada y satisfecha de los cuidados que él me hacía pasar, me vinieron a mostrar ante estos tristes ojos míos unas pruebas de amor que por mi causa le fueron mañosamente hurtadas a ella. Y, no pudiéndome contener, como fiera que, viniendo cansada de lejanas tierras con el sustento de sus pequeños hijos, se encuentra con que se los han llevado, suelta la presa de la boca y, olvidando todo el cansancio, corre ora por unos, ora por otros montes, así hice yo. ¡Testigos verdaderos me sean todos estos bosques!
 No cesé hasta que lo fui a hallar a la sombra de esta alta arboleda en que decía que estaba descansando del calor que hacía entonces y del desánimo que sentía por no haber visto caza aquel día. Pero no era cierto porque, cuando yo venía, había visto pasar apresuradamente por un otero a aquella que sólo por mi mal vino aquí y, si no me equivoco, no se iba de otra parte. Y por eso y por todo lo demás, llevando las manos airadamente a mis cabellos, cubría con ellos todo este suelo como podéis ver. Y al quererme él socorrer con palabras falsas y lisonjeras y abrazándome lo eché lejos de mí contándole todo por lo menudo y pidiendo a Dios venganza para él y para sus engaños y, por último, volví mis propias manos contra mí, como si así (¡triste de mí!) me vengase de él de alguna manera.
 Entonces él sacó de su seno una red de caza que yo le había hecho con mis propias manos en otros tiempos cuando con la tela me consolaba durante las horas que no lo podía ver. Y, extendiéndola, me mostró las letras que en ella estaban artificiosamente hechas por mí y, mirándolas yo, no sé cómo, quedé atada con mis propias manos. Él me negó muchas veces que fuese cierto lo que yo le había dicho y me lo aseguraba con grandes juramentos. Mas no creyéndolo yo, volvió él muchas más a pedírmelo por su vida y por la mía, y después, por último, cuando vio que no había manera alguna de que yo lo creyera, tomando a Dios por testigo, se volvió a esa parte donde nace el sol diciendo estas únicas palabras: "Pues no me queréis creer cuando os pesaría, yo haré que me creáis cuando no os pueda dejar de pesar." Y así se volvió del todo y se fue.
 A mí el alma me invitó a irme enseguida tras él, mas la ira tenía entonces mayor poder sobre mí que el juicio y, así, no fui ni le dije que me desatase: se diera cuenta o no de ello, basta con que ya no volvió. Quisiera gritar entonces para que alguien me socorriese, mas la vergüenza de que me vieran así, las manos atadas con mis propias manos, me impidió hacerlo hasta ahora, en que la noche y la debilidad de todos mis sentidos (en los que veía síntomas seguros de no resistir mucho con vida) me hacían dar gritos. Y parece que quiso la ventura que fuese para que vos me oyerais.
 Aquí veis contado en tan corto espacio todo mi contento, que lo que está por pasar no puede ser sino triste, porque quien así me pudo dejar, ya me había dejado por otra persona... El ofrecimiento que he aceptado de vos no es para que me venguéis de él, pues no le quise tan poco que le pueda querer siquiera este pequeño mal, sino para que me venguéis de ella.»