viernes, 4 de agosto de 2017

"La jungla".- Upton Sinclair (1878-1968)


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Capítulo XXIII

«-Estoy buscando hombres para un trabajo duro. Se trata de excavar túneles para los cables de teléfono, todo bajo tierra. Es posible que no sea lo que anda buscando.
 -No hay inconveniente, señor. Cualquier trabajo es bueno para mí. ¿Cuánto es la paga?
 -Quince centavos por hora.
 -De acuerdo, señor.
 -Perfectamente. Vuelva a la entrada y que inscriban su nombre.
Y así, antes de que transcurriera media hora Jurgis se encontraba ya trabajando a buena profundidad bajo las calles de Chicago. Para tratarse de un conducto destinado a conexiones telefónicas, el túnel, con sus tres metros de anchura y un alto casi equivalente, no podía ser más singular: una verdadera tela de araña con brazos y bifurcaciones que se extendían en todos los sentidos. Jurgis caminó más de un kilómetro con el resto del equipo antes de alcanzar el lugar donde habían de iniciar el trabajo. El túnel, cosa todavía más extraña, estaba dotado de luz eléctrica y tenía un doble tendido de raíles para ferrocarril de vía estrecha. Pero, no siendo su misión la de hacer preguntas, Jurgis hizo caso omiso de todo ello y ni siquiera volvió a parar mientes en lo observado. Hubo de pasar un año antes de que llegase a comprender lo que aquel tinglado ocultaba.
 Discretamente y casi con sigilo, el Consistorio municipal había aprobado un pequeño e inocuo proyecto por el que se autorizaba a cierta compañía la construcción de una red de conductos subterráneos destinada a la instalación de cables telefónicos. Amparándose en dicha autorización, un gran grupo de empresas había perforado todo el subsuelo urbano creando un trazado de líneas subterráneas para trenes de mercancías con el que los más importantes patronos de la ciudad -cuya fuerza conjunta representaba un capital de cientos de millones de dólares- se proponía escapar al azote del sindicato de transportes, que era, de todos, el que más les hostigaba. Cuando quedase ultimada la red de túneles, que comunicaba a todas las grandes factorías y almacenes con los depósitos ferroviarios, los patronos tendrían al enojoso sindicato en el puño. Los rumores y especulaciones que habían llegado alguna que otra vez al Consejo lograron que se instruyesen investigaciones al respecto, pero, a cada intento del comité investigador, la aparición de crecidas sumas de dinero había echado tierra sobre el asunto y, cuando la ciudad quiso darse cuenta del asunto, se encontró ante un hecho consumado. El hecho, a buen seguro, dio lugar a un escándalo formidable que puso al descubierto una serie de delitos, entre ellos la falsificación de las actas municipales, lo cual llevó a la picota -en sentido figurado, naturalmente- a varias personalidades ciudadanas, ilustres por sus caudales.Y, a pesar de que las obras tenían su entrada principal en las traseras de una taberna propiedad de uno de los miembros del Consistorio, éstos alegaron no haber tenido conocimiento de lo que estaba ocurriendo.
 Jurgis tenía su lugar de trabajo en una de las perforaciones de reciente apertura, lo cual le garantizaba la ocupación para todo el invierno. Tanto fue su júbilo al descubrirlo que aquella noche se fue de parranda. Luego, con el dinero que le restaba, se aseguró hospedaje en una casa de huéspedes donde podía, por un dólar semanal, compartir con otros tres hombres un gran colchón de paja de hechura casera. Otros cuatro dólares le proporcionaron pensión alimenticia para toda la semana en una casa vecina a su trabajo. Esto le dejaba un remanente semanal de cuatro dólares, una cantidad nunca soñada por Jurgis, si bien al principio hubo de costearse las herramientas y un par de botas recias, por cuanto las suyas, de puro viejas, se le caían de los pies. Algo parecido ocurría con su única camisa, que un verano de uso había convertido en un harapo, por lo cual hubo de sustituirla por otra de franela. Y, finalmente, estaba el abrigo. Toda una semana se pasó Jurgis reflexionando si debía o no adquirir el que su patrona ofrecía de ocasión, propiedad de un buhonero judío que no había dejado, a su muerte, otra cosa con que liquidarle los atrasos. Jurgis, sin embargo, acabó por resolverse en contra de la compra en vista de que las horas del día las pasaba bajo tierra y, las de la noche, en la cama.
 Nunca pudo errar más que tomando aquella decisión, la más propicia para empujarle a las tabernas. Su horario de trabajo, que le ocupaba desde las siete de la mañana hasta las cinco de la tarde, no le concedía más asueto que la media hora destinada al almuerzo, con lo cual los días laborables no llegaba Jurgis a ver la luz del sol. Y luego, caída la noche, no tenía adónde ir, como no fuesen los cafetines: único lugar que, además de luz y calor, podía proporcionarle la oportunidad de escuchar un poco de música o de charlar un rato en compañía de algún camarada. Sin un hogar donde cobijarse, huérfano de todo afecto en este mundo, no le restaba en verdad otro amparo que el que procede de lo que, burlescamente, ha dado en llamarse el compañerismo del vicio. Cierto que los domingos podía uno acudir a la iglesia, mas ¿dónde encontrar una en la que un obrero apestoso, cubierto de parásitos que se le asomaban al cuello, pudiese sentarse en un banco sin advertir cómo la gente se apartaba de él con aire de disgusto? Cierto, también, que le quedaba su cuarto de la casa de hospedaje o, al menos, una esquina de él: un espacio cerrado y sin caldeo, con un ventanuco abierto sobre una tapia desnuda que se levantaba a dos pies de distancia; y, cómo no, estaban, por último, las calles desiertas, barridas por el viento huracanado del invierno. Aparte de estas cosas, sin embargo, Jurgis no tenía más que las tabernas y, para permanecer en ellas, veíase, por supuesto, obligado a beber. Un trago de vez en cuando le daba derecho a acomodarse a su antojo, a jugar a los dados o echar, con una baraja grasienta, sentado a una mesa de raído tapete, una partida de cartas; también podía hojear las páginas color de rosa de un periódico "deportivo", donde abundaban las manchas de cerveza y las fotografías de asesinos y de mujeres medio desnudas. En tales diversiones gastaba Jurgis su dinero y así transcurrió su vida a lo largo de las seis semanas y media que estuvo a sueldo de los magnates de Chicago, trabajando con denuedo a fin de que aquéllos pudieran salirse de las garras de su sindicato de transportes.»
 

jueves, 3 de agosto de 2017

"La sexualidad de la mujer".- Marie Bonaparte (1882-1962)


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Primera parte: De la bisexualidad en la mujer
 Capítulo 4: De los factores perturbadores de la evolución femenina
 c) Del peligro vital y del peligro moral inherente a las funciones sexuales femeninas

«A menudo, las mujeres tienen miedo de la maternidad. Las causas de este fenómeno no son únicamente económicas, las mismas que pueden incitar al hombre a no engendrar. La mujer experimenta también el miedo ante el dolor y el miedo ante el peligro; ambos se oponen al deseo instintivo, por otra parte tan profundo, de la maternidad.
 Este miedo tiene sus raíces en la más lejana infancia de la niña. Parece evidente, entonces, que en la base de esta actitud se encuentra una percepción, o más exactamente aún, una aprehensión de hechos biológicos. Tal como Karen Horney ha señalado acertadamente, el coito de los adultos es interpretado por los niños que lo observan -hecho muy frecuente- según se identifiquen de forma predominante con el padre o con la madre. En tales casos, el niño, como resultado de la comparación de su excesivamente pequeño pene con el orificio interior de la madre, ve herido de modo narcisista su amor propio, y disminuido su valor; en cambio, la niña, al comparar su reducido orificio interior con el gran pene paterno, teme que el acto, tan deseado por otra parte, provoque en ella una herida vital. Se trata, pues, de un temor totalmente fundado, ya que la unión de un hombre adulto con una niña de corta edad, tanto si este coito fuese vaginal como anal, daría lugar a peligrosos desgarramientos.
Ciertamente, en la observación del coito de los adultos, el niño -varón o hembra- se identifica siempre, aunque en proporciones variables, con los dos adultos a la vez. En estos casos, el niño lleva a cabo una identificación psíquica bisexual, debida, precisamente, a su primitiva bisexualidad biológica. Posteriormente, el niño conservará el temor y el deseo de ser penetrado pasivamente por el pene paterno, y la niña ciertos restos de deseo fálico de "penetrar" activamente o, más exactamente, de empujar hacia adelante con su pequeño clítoris. Sólo podemos afirmar que, en los casos favorables -cuando la sexualización psíquica corresponde al sexo de las gónadas- la actitud masculina debe ser predominante en el niño y la femenina, en la niña, desde el principio.
 Sin embargo, y permítaseme insistir una vez más, parece imposible que, incluso la niña, perciba el orificio propio a la penetración del pene de un modo verdaderamente vaginal, es decir, con una neta representación de la membrana recto-vaginal. Este orificio es percibido, incluso después que los pequeños dedos lo han descubierto, de modo cloacal. Ciertamente, la niña posee para esta concepción de la "vagina-agujero" una base anatómica, de la que el niño, por su parte, carece; pero, al contrario de lo que ocurre con los demás agujeros o conductos que ya tienen para el niño una utilidad concreta -boca, orejas, nariz, ano- la vagina, por la que todavía no pasa nada, no puede ser concebida, en esta edad temprana, en su circunscrita y neta individualidad. Es probable, además, que el horror ante su propia castración, materializada por la huella-herida de la vulva, contribuya a impedir que la niña lleve a cabo una observación detallada de esas regiones.
 En cualquier caso, la posible penetración por el gran pene adulto de su orificio interior debe ser considerada, y con razón, por la niña, como un peligro, aun cuando al mismo tiempo la desee.
 Hay que añadir a este temor, el miedo -más específicamente femenino- a la maternidad.
 La idea de que los bebés crecen en el cuerpo, en el vientre de la madre, suele ser muy precoz en el niño, a pesar de las historias acerca de las coles* o de las cigüeñas, que le han sido contadas y que simula creer. Sin embargo, el niño está convencido de que el bebé germina, crece y nace en el aparato digestivo, tal como Freud ha observado desde hace ya mucho tiempo, concordando con el testimonio de infinidad de cuentos y de mitos en los que la reina concibe después de haber comido determinados alimentos -y en particular, una manzana. Es posible que esta visión se halle ya influida, desplazada, por la censura. Por mi parte, creo que el presimbolismo inicial, anterior al desplazamiento provocado por la censura, es utilizado por ésta de una forma secundaria, es decir, me inclino a pensar que el presimbolismo universal se halla en la base de estas teorías sexuales infantiles.
 No obstante, el bebé cloacal debe ser considerado por el niño que lo imagina -dada la desproporción existente entre aquél y el cuerpo de éste- como un peligro más amenazador aún que el pene. ¿Cómo es posible que un objeto tan voluminoso pase por el cuerpo sin desgarrarlo? Por otra parte, la niña ha oído decir que el parto es doloroso; ha visto a su madre, o a otras mujeres postradas en el lecho, heridas y enfermas, cada vez que han dado a luz: el lecho de dolor está cerca de la cuna. Más significativo es aún el caso de las niñas que han visto morir a su madre en un parto; para ellas, la muerte aparece como el precio de la maternidad.
 La aceptación de estos peligros vitales inherentes a la función femenina, la neutralización de la angustia que éstos provocan, exige que la mujer esté dotada de un cierto masoquismo erógeno; masoquismo, por otra parte, típicamente femenino.
 Sin embargo, la niña que aspira a identificarse, en los actos de amor, con la mujer adulta, con la madre, se ve amenazada también por otros peligros. Ocupar el lugar de la madre quiere decir agredirla y esta agresión implica, a su vez, una venganza por parte de la madre. Se trata del miedo edipiano ante la madre rival, miedo que es ya de esencia moral.»
 
 *En Francia, suele decirse que los niños nacen debajo de una col.

miércoles, 2 de agosto de 2017

"Carreteras secundarias".- Ignacio Martínez de Pisón (1960)


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3

«-Guisantes, espárragos, mayonesa, tres latas de aceitunas rellenas -anunciaba Paquita, abarcando con un contenido de la cabeza el contenido de aquellas bolsas.
 Mi padre al principio protestaba, aunque está claro que lo hacía más por cortesía que por otra cosa, como cuando un invitado se presenta en una cosa con un ramo de flores o una botella de vino y el anfitrión le dice: "Pero, ¿por qué te has molestado?".
 -¡Mira que eres antiguo! -le replicaba Paquita-. Cuando se roba para comer no es delito.
 Desde luego, todos los escrúpulos de mi padre se esfumaban en cuanto extendíamos todos aquellos botes y aquellas latas sobre la mesa de la cocina. Esos alimentos podían ser robados, pero yo puedo aseguraros que los escrúpulos no quitan el apetito. Mi padre entonces zampaba como el que más.
 -¡Están buenos estos guisantes! -exclamaba con la boca llena de guisantes robados. 
Paquita tuvo bastante que ver con ese cambio del que ya os he hablado, el cambio experimentado por mi padre, y yo creo que, si no hubiera sido por su influencia, tal vez no se habría decidido a dar el paso que entonces dio. Fue en Almacellas donde empezamos a vivir de nuestro teléfono. Tal como suena: de nuestro teléfono. Eso, aunque yo no lo supe hasta varios meses después, tiene un nombre, y el nombre es locutorio clandestino.
 Nosotros teníamos montado en casa un locutorio clandestino, pero no penséis que eso era una cosa del otro mundo. Era sólo un teléfono, como el que hay en todas las casas. En la nuestra estaba en el pasillo, y lo único que ocurría era que la gente venía, hacía un par de llamadas y luego nos las pagaba. Pagaban, naturalmente, menos de lo que les habrían cobrado en un teléfono público y con ese dinero mi padre y yo teníamos para vivir. Al cabo de un tiempo nos llegaría la factura, que por supuesto no podríamos pagar, y entonces nos cortarían la línea y ya veríamos lo que haríamos, si quedarnos allí hasta que se nos acabara el dinero o buscarnos otro apartamento con teléfono. Sencillo, ¿verdad? Tan sencillo que no sé por qué no hace lo mismo todo el mundo, quiero decir, todos los que estén como nosotros entonces, sin un duro.
 Aquello, por supuesto, no era como para hacerse rico, pero para ir tirando no estaba nada mal y algunos días conseguíamos hasta ochocientas o novecientas pesetas, lo que a mí me parecía una fortuna. Vosotros diréis: qué estupidez, nadie llamaría desde un sitio así sólo por ahorrarse unas pesetillas. Cierto, pero lo que no sabéis es que aquella zona era eminentemente agrícola y que aquel pueblo, en verano, se llenaba de temporeros del campo venidos del sur. ¿Lo entendéis o no? Nadie venía a nuestro piso para llamar a Lérida, eso está claro. Pero lo de aquellos hombres era otra cosa: ¿verdad que, si tuvierais que pasar tres o cuatro meses lejos de vuestras casas y vuestras familias, llamaríais con frecuencia? ¿Verdad que de vez en cuando os apetecería oír la voz de vuestros hijos y vuestras mujeres? ¿Y verdad que también vosotros procuraríais ahorrar algo de dinero en esas llamadas? Pues eso.
 No me preguntéis cómo surgió la idea, ni si se le ocurrió a Paquita o a mi padre. Bueno, yo supongo que algo tendría que ver la cuenta del teléfono dejada por Estrella. En el fondo, lo que ahora hacíamos no era otra cosa que cumplir las amenazas formuladas aquel día: las amenazas de llamar a Filipinas y a no sé cuántos países lejanos antes de que nos cortaran la línea. No me preguntéis tampoco en qué momento me di cuenta del asunto que mi padre se traía entre manos. El teléfono estaba ahí, en mitad del pasillo, y aquellos hombres venían a casa y llamaban, y a mí me daba la impresión de que eso podía haber sido siempre así, de que podíamos llevar meses o incluso años en ese pueblo viviendo del dinero de las llamadas. Era, por tanto, algo normal, y daba lo mismo que mi padre y yo nunca habláramos de eso: yo lo sabía todo y mi padre sabía que yo lo sabía todo, y las explicaciones sobraban como cuando nos comíamos  los guisantes y los espárragos que Paquita robaba en la tienda de su tía.
 Los temporeros llegaban en un par de furgonetas, esperaban pacientemente en el pasillo o el cuarto de estar, y luego llamaban a su pueblo y se iban por donde habían venido. Eso solía ser a la caída de la tarde, y os podéis imaginar lo extraño que resultaba ver cómo de repente la casa se llenaba de hombres como aquéllos, hombres oscuros y recios que suspiraban como en un velatorio y luego hablaban a gritos por teléfono. Si alguna tarde llegaba alguno nuevo, preguntaba casi siempre por Paquita: debía de ser ella la que se encargaba de captar clientes. Pero Paquita no solía estar en casa a esas horas  y era mi padre el que normalmente atendía a esos hombres, el que les acompañaba hasta el teléfono, calculaba la duración de la llamada y fijaba el precio.
 Creo recordar que las conferencias las cobrábamos a diez pesetas el minuto. Digo cobrábamos porque, cuando mi padre no estaba en casa o estaba ocupado en otro asunto, los temporeros se asomaban al cuarto de estar y me decían:
 -Toma, chico, los veinte duros de mi llamada.
 Me pagaban a mí como si eso fuera un bar y yo fuera el hijo del dueño o uno de los camareros, y yo dejaba el dinero sobre la mesa para que mi padre lo cogiera. Mi padre, por supuesto, lo cogía sin hacer comentarios. Ya he dicho que yo lo sabía todo y que mi padre sabía que yo lo sabía.»
 

martes, 1 de agosto de 2017

"El mago de Oz".- Lyman Frank Baum (1856-1919)

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6.-El león cobarde

«No bien hubo pronunciado estas palabras se oyó en el bosque un terrible rugido y al momento un León de gran tamaño se plantó de un salto en medio del sendero. De un zarpazo mandó rodando al Espantapájaros al borde del camino y luego arañó al Leñador de Hojalata con sus afiladas garras. Pero, para sorpresa del León, el zarpazo no tuvo efecto alguno sobre la hojalata, aunque el leñador cayó al suelo y se quedó inmóvil.
 El pequeño Toto, ahora que tenía un enemigo al que enfrentarse, corrió ladrando hacia el León. El enorme animal había abierto ya la boca para morder al perro cuando Dorothy , temiendo por la vida de Toto e inconsciente del peligro, se lanzó hacia adelante y abofeteó al León en la nariz tan fuerte como pudo, mientras gritaba:
 -¡No te atrevas a morder a Toto! ¡Deberías sentirte avergonzado! ¡Un animal tan grande como tú mordiendo a un pobre perrito!
 -No lo he mordido -dijo el León, frotándose con la zarpa la nariz donde Dorothy le había pegado.
 -No, pero lo has intentado -contestó la niña-. Eres un grandísimo cobarde.
 -Lo sé -dijo el León, bajando la cabeza avergonzado-. Siempre lo he sabido. ¿Pero cómo puedo evitarlo?
 -¡Y yo qué sé! ¡Pensar que has golpeado a un hombre de paja, como el pobre Espantapájaros!
 -¿Que es de paja? -preguntó sorprendido el León, viendo cómo Dorothy recogía al Espantapájaros y volvía a ponerlo de pie, dándole unas palmaditas para devolverle su forma.
 -Claro que es de paja -replicó Dorothy, que aún seguía enfadada.
 -Por eso se cayó con tanta facilidad -observó el León-. Me sorprendió verle rodar tanto. ¿El otro también es de paja?
 -No -dijo Dorothy-, está hecho de hojalata. -Y ayudó al Leñador a ponerse nuevamente de pie.
 -¡Ah! Por eso casi me despunta las uñas -dijo el León-. Cuando arañaron la hojalata sentí un escalofrío que me recorrió la espalda. ¿Qué es ese animalito por el que sientes tanto cariño?
 -Es mi perro, Toto -respondió Dorothy.
 -¿Está hecho de hojalata o de paja? -preguntó el León.
 -Ni de una cosa ni de otra. Es un perro de... de carne y hueso -contestó la niña.
 -¡Oh! Es un animal curioso y parece asombrosamente pequeño, ahora que lo veo. A nadie se le ocurriría morder a una cosa tan pequeña, salvo a un cobarde como yo -continuó tristemente el León.
 -¿Qué te hace ser cobarde? -preguntó Dorothy mirando asombrada al enorme animal, que era tan grande como un caballo pequeño.
 -Es un misterio -replicó el León-. Supongo que nací así. Naturalmente, todos los demás animales del bosque esperan que sea valiente, ya que en todas partes se considera al León el Rey de los Animales. Me di cuenta de que, si rugía muy fuerte, todas las criaturas se asustaban y se apartaban de mi camino. Cada vez que me encontraba con un hombre sentía un miedo terrible, pero bastaba con rugirle y él salía corriendo a toda velocidad. Si los elefantes y los tigres y los osos hubieran intentado enfrentarse conmigo, yo mismo habría salido corriendo. ¡Soy tan cobarde! Pero en cuanto me oyen rugir todos intentan alejarse de mí y yo, claro, les dejo que huyan.
 -Pero eso no está bien. El Rey de los Animales no debería ser un cobarde -dijo el Espantapájaros.
 -Lo sé -respondió el León, enjugándose una lágrima con el extremo de la zarpa-. Ése es mi gran dolor y hace que mi vida sea muy desgraciada. Pero en cuanto hay peligro mi corazón empieza a latir muy deprisa.
 -Quizá estés enfermo del corazón -dijo el Leñador de Hojalata.
 -Puede ser -dijo el León.
 -Si es así -continuó el Leñador de Hojalata-,  deberías sentirte contento, ya que eso demuestra que tienes corazón. Yo, por mi parte, no lo tengo, de modo que no puedo estar enfermo del corazón.
 -Quizá -dijo el León pensativamente-, si no tuviera corazón no sería un cobarde.
 -¿Tienes cerebro? -preguntó el Espantapájaros.
 -Supongo que sí. Nunca me lo he visto -replicó el León.
 -Yo voy a ver al Gran Oz para pedirle que me dé uno -declaró el Espantapájaros-, porque mi cabeza está rellena de paja.
 -Y yo voy a pedirle que me dé un corazón -dijo el Leñador de Hojalata.
 -Y yo voy a pedirle que nos envíe a Toto y a mí de vuelta a Kansas -añadió Dorothy.
 -¿Creéis que Oz me daría valor? -preguntó el León Cobarde.
 -Sería tan fácil como darme a mí un cerebro -dijo el Espantapájaros.
 -O a mí un corazón -dijo el Leñador de Hojalata.
 -O enviarme de vuelta a Kansas -dijo Dorothy.
 -Entonces, si no os importa, iré con vosotros -dijo el León-, ya que mi vida es francamente insoportable sin un poco de valor.
 -Serás bienvenido -contestó Dorothy-, y así ayudarás a mantener alejados a los otros animales salvajes. Yo creo que deben ser más cobardes que tú, si permiten que lo asustes con tanta facilidad.
 -Pues sí lo son -dijo el León-, pero eso no me hace a mí más valiente y mientras sepa que soy un cobarde seré muy desgraciado.
 Y así, una vez más, el pequeño grupo reanudó el viaje; el León caminaba majestuosamente al lado de Dorothy.»

lunes, 31 de julio de 2017

"Libros de las Historias".- Cornelio Tácito (h. 55 - h. 120)

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Libro II

«89.- El propio Vitelio partió del puente Mulvio montado en un brioso corcel de notable alzada, revestido con el manto imperial de púrpura, llevando delante de sí al pueblo como si entrase con cautivos en una ciudad conquistada, hasta que echándose atrás por las advertencias de sus incondicionales prosiguió la marcha vistiéndose la toga pretexta y con su comitiva bien ordenada. Marchaban al frente las águilas de cuatro legiones, rodeadas por los estandartes de las restantes legiones, después las banderas de doce escuadrones de la caballería, y tras los regimientos de infantería el resto de los jinetes, después treinta y cuatro cohortes, ordenadas en grupos por nacionalidades y armas. Delante de las águilas iban los prefectos de los campamentos, los tribunos y centuriones primeros, todos vestidos de blanco, y los demás, según a la centuria que perteneciese cada uno, refulgentes con sus armas y las distinciones conquistadas. Igualmente resplandecían los soldados con sus collares e insignias, componiendo un ejército de hermosa presencia del que, ciertamente, no era digno un príncipe como Vitelio que, entrado así en el Capitolio y abrazando a su madre, la honró con el nombre de Augusta.
  90.- Al día siguiente pronunció ante el Senado y el pueblo un altisonante y autocomplaciente discurso, como si estuviera hablando en una ciudad desconocida, ensalzándose con alabanzas a su ingenio y su moderación; y todo ello ante los mismos que habían acudido, conocedores todos de sus vicios, y toda Italia por la que había atravesado vergonzosamente en medio de la mayor indolencia y rodeado de lujo. Pero el vulgo despreocupado, sin capacidad para distinguir lo verdadero de lo falso, aunque bien instruido en el arte de adular, le aclamaba con gritos estentóreos. Le expresaron que asumiera el título de Augusto que rehusaba, lo que hizo con la misma vanidad que lo había rehusado.
  91.- En Roma, siempre dispuesta a interpretar cualquier situación, se tuvo como presagio funesto el que Vitelio, tras asumir el cargo de pontífice máximo, había fijado con un edicto los sacrificios públicos para el 18 de julio, fecha nefasta por los desastres de Cremera y Alia: hasta tal punto ignoraba las leyes humanas y divinas; y con la misma ordinariez que sus libertos y amigos vivía como uno más entre aquellos borrachines. Sin embargo, portándose con toda educación, celebró junto con los candidatos los comicios consulares, buscando la menor muestra de aprobación de la ínfima plebe, en el teatro como espectador y en el circo como fautor de los juegos, cosas estas que le hubieran granjeado simpatías y popularidad si hubiesen sido muestra de sus cualidades, pero que en él aparecían como impropias y viles, conociendo su estilo de vida. Asistía asiduamente al Senado, incluso cuando los senadores trataban asuntos sin importancia. Hasta en una ocasión había censurado su asiduidad Prisco Helvidio, pretor designado. Enojado en principio, Vitelio después no pasó de llamar a los tribunos de la plebe en defensa de la autoridad menospreciada. A continuación, mientras intentaban aplacarle sus amigos que temían un explosión de su ira, comentó que, en definitiva, no había pasado nada fuera de disentir dos senadores sobre un asunto de Estado, y que también él solía contradecir a Trásea, dando lugar a risas contenidas la inoportuna mención. A otros le complació precisamente que no se comparase con ningún personaje ilustre, sino que hubiese elegido a Trásea como ejemplo de legítima gloria.
  92.- Había puesto al frente de la guardia pretoriana a Publio Sabino, hasta entonces prefecto de la cohorte, y a Julio Prisco, centurión hasta aquel momento; Prisco gozaba del favor de Valente y Sabino del de Cecina, sin que Vitelio pudiera imponer su autoridad en sus mutuas disensiones. Al frente de los asuntos del Imperio estaban Cecina y Valente enfrentados en otro tiempo por odios y rencores que, mal disimulados en la vida de cuartel, la maldad de los amigos y una ciudad fecunda en engendrar enemistades los había enconado, mientras ellos contendían y competían por monopolizar ante las ingentes masas de cortesanos el prestigio de encabezar la comitiva, mientras Vitelio variaba de postura inclinándose unas veces a favor de uno y otras del otro. Y es que nunca es bastante de fiar el poder donde se ejerce sin control. Así, despreciaban y temían al mismo tiempo al propio Vitelio que mudaba de humor pasando de súbitas explosiones de injurias a muestras de halago fuera de lugar. Pero no por ello se mostraban ni mucho menos remisos a la hora de apoderarse de las mansiones, jardines y riquezas del imperio cuyos dueños, la caterva de nobles, a los mismos que Galba y a sus hijos había permitido volver a la patria, llorando su situación de necesidad, no recibieron en absoluto muestra alguna de piedad por parte del emperador. Resultó grato a los ciudadanos más ilustres, así como al pueblo en general, el que restituyera a los que volvieron del exilio sus derechos sobre los libertos; aunque todo esto lo entorpecían los espíritus más serviles, ocultando grandes sumas de dinero en escondrijos recónditos o disimulados. Incluso algunos, habiendo pasado a formar parte de la casa del César, llegaron a ser más poderosos que sus propios dueños.
  93.- En medio de todo esto los soldados, completas las plazas de los cuarteles y rebosando de gente, andaban vagando por la ciudad alojándose en los porches y los templos sin cumplir con las guardias y sin mantenerse en forma con el servicio, perdidos en la vida regalada de la ciudad y consumidas sus fuerzas corporales con una clase de ocio que más vale callar por vergüenza, iban degradándose entre los placeres de la lujuria. Así terminaron por descuidar incluso las normas necesarias para la salud, y un número elevado de ellos se asentaron en los lugares más infames del Vaticano, dando como resultado mortandades frecuentes entre la gente baja. Alojados cerca del Tíber, los germanos y galos con sus cuerpos afectados por enfermedades crónicas iban desfalleciendo, lanzándose ansiosamente al río agobiados por el calor. Por audacia o por ambición se tergiversaban las órdenes militares, contratándose dieciséis cohortes pretorianas y cuatro urbanas, con la única condición de contar con mil hombres cada una. En esta operación de recluta se había arrogado la iniciativa Valente con la excusa de haber librado del peligro al propio Cecina en una ocasión. Y, ciertamente, a su llegada se habían fortalecido las tropas del bando de Vitelio, y con su éxito en la batalla se habían acallado los comentarios desfavorables sobre la lentitud de su marcha, lo que fue el origen, según parece, de que empezara a cuartearse la confianza de Cecina.
  94.- Por lo demás, el permitir Vitelio tales libertades a los jefes trajo consigo el que se las tomasen mayores aún los soldados. Cada uno se inscribía en la milicia a su aire de forma que, por más indigno que fuese se inscribía, si así le parecía mejor, a la guarnición de la ciudad. Por el contrario, a los mejores, si así lo deseaban, se les permitía asentarse entre los legionarios o los escuadrones de Caballería; sin que faltasen los que ponían como excusa su decaimiento por enfermedad o la inclemencia de la atmósfera de Roma. Esto tuvo como consecuencia minar las fuerzas de las legiones y de la caballería, y tambalearse el prestigio de los acuartelamientos, dando como resultado una amalgama de veinte mil soldados en vez de una tropa selecta. Durante el curso de una arenga de Vitelio se pidió la comparecencia de Asiático, Flavo y Rufino, jefes de ejército de la Galia, para ser ejecutados por haber luchado a favor de Víndice. Vitelio, por su parte, no reprimía estas voces pues, aparte de su natural indolencia de ánimo, era consciente de que se echaba encima la fecha de distribuir el donativo y como no tenía dinero para ello, concedía a los soldados todo lo demás que querían. Ordenó que los libertos de los ciudadanos principales contribuyesen según el número de sus esclavos como si fuese un tributo. Él, por su parte, preocupándose únicamente en dilapidar, mandó construir establos para los caballos de los aurigas y multiplicar en el circo los espectáculos de gladiadores y de fieras, como si, nadando en la abundancia, desdeñase el dinero.
  95.- Cecina y Valente celebraron el cumpleaños de Vitelio organizando en cada barrio espectáculos de gladiadores con un inmenso aparato no visto hasta entonces. Vitelio había ordenado levantar altares en el campo de Marte para ofrecer sacrificios a los dioses infernales por Nerón, lo que fue aplaudido por los más abyectos y causó disgusto a la gente honrada. Se sacrificaron y quemaron víctimas como sacrificio público, acercando los augustales la tea a la leña para encender el fuego, tarea sacerdotal reservada y consagrada por Rómulo para el rey Tacio, y por César Tiberio para la familia Julia. Aún no se habían cumplido los cuatro meses de la victoria y ya Asiático, liberto de Vitelio, concitaba tantos odios como los viejos personajes y los Policlitos Patrobios. Nadie se esforzó en aquella corte en sobresalir en honradez o habilidad política. Solo había un camino para llegar al poder: llegar a saciar los insaciables vicios
de Vitelio con banquetes pantagruélicos, derroche y vida de crápula. Se cree que el propio Vitelio, pensando que abundaba en recursos si podía disfrutar del presente, dilapidó en poquísimos meses novecientos millones de sextercios. Grande y, al mismo tiempo, miserable ciudad, Roma iba viviendo en una mudable y vergonzosa situación habiendo soportado en un solo año a Otón y Vitelio, con los Vinos, Fabios, Icelos y Asiáticos, hasta que les sucedieron Muciano y Marcelo, distintos en nombre pero no en costumbres.
 96.- La primera defección, la de la legión tercera, le fue comunicada a Vitelio a través de las cartas remitidas por Aponio Saturnino antes de que también él se pasara al bando de Vespasiano. Pero ni el propio Aponio, alarmado por el súbito cambio, le comunicó toda la verdad; aparte de que sus íntimos, adulándole, quitaban importancia al hecho subrayando que se trataba de la sedición de una sola legión, mientras que había constancia de la fidelidad de las restantes. Vitelio se dirigió en este mismo tono a los soldados culpando a los pretorianos poco antes despedidos de sembrar aquellos falsos rumores, y asegurándoles que no había ningún riesgo de guerra civil, ordenando además que no se mentara el nombre de Vespasiano y que se mandase soldados por la ciudad para reprimir los comentarios de la gente, consiguiendo únicamente de este modo dar mayor pábulo a los rumores.»

domingo, 30 de julio de 2017

"Los contactos furtivos".- Antonio Rabinad (1927-2009)

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II.-No conseguía conciliar el sueño

«No conseguía conciliar el sueño. Algo le traía desasosegado. Alargó el brazo en la oscuridad y encendió la lamparilla.
 A su lado, con un extraño aire de muerta, su esposa dormía, tan quieta, tan quieta; un brazo le salía de las sábanas, un brazo largo, blanco y como abandonado.
 Doriac, incorporándose, miró la cara de Celia, en cuyos párpados la luz trazaba profundas sombras; luego, lentamente, miró el brazo. Le parecía raro aquel brazo y, al mismo tiempo, le turbaba. Se le ocurrió que entre todos los hombres, sólo le pertenecía a él, y alargó la mano para cogerlo; entonces, estremecido, recordó lo que le traía inquieto.
 Era algo sucedido en su niñez, en el arranque de la primavera; ahora comprendía que todas las sensaciones de la tarde habían ido insinuando ese recuerdo en el espíritu, y se vio a sí mismo en el cochecito de ruedas, rodando calle abajo, empujado por la ruda mano de Marta.
 Al doblar una esquina habían salido a la Meridiana: una ancha avenida polvorienta, por cuyo centro, en una ligera depresión, pasaba el ferrocarril. En seguida vieron el tren parado y la masa de personas que lo rodeaba. Algo había sucedido. Curiosa, Marta acercó aprisa el cochecito y se mezcló con la multitud.
 Él, abandonado en su cochecillo, a un lado de la gente, se sintió desvalido como nunca; el espectáculo que ocultaban aquellas personas le asustaba y, al mismo tiempo, le atraía. Llamó a Marta, pero Marta no le oía. Entonces hizo girar las ruedas con las manos y avanzó hasta el borde del terraplén.
 Desde allí vio al suicida.
 Había caído de espaldas sobre el césped, junto a la vía férrea. Su cuerpo yacía inmóvil, con los brazos abiertos, en una posición grotesca y trágica de muñeco desarticulado.
 Yacía inmóvil. Por las ventanillas del tren parado, la gente asomada en racimos multicolores era toda ojos desmesurados, atónitos. El sol del atardecer daba de lleno en aquellos rostros.
 Sobre el terraplén, inmediatamente encima del suicida, una hilera de personas estaba de pie, con el sol en la espalda; sus sombras, alargándose sobre la hierba, se estrellaban contra la madera sucia de los vagones.
 Allí cerca, un trabajador con una sonrisa asombrada y estúpida, intentaba explicar lo ocurrido:
 -Estaba ahí sentado, en la yerba, muy quieto, la cabeza entre las manos; así estuvo mucho tiempo. Nosotros le veíamos desde la obra. Cuando oyó llegar el tren levantó la cabeza y nos estuvo mirando; luego, de pronto, con el tren casi encima, pegó un grito y se tiró entre los raíles. Bueno; el tren iba muy rápido...
 La gente contemplaba aquel guiñapo destrozado. Vestía una chaqueta azul, de trabajador; al caer, se le había abierto y enseñaba una camisa limpia, cruzada por un rastro de sangre como una banda. Una de sus piernas, doblada hacia arriba, llevaba una alpargata. En la otra, calzado y pie eran una masa indiscernible: tobillo arriba, la carne se le había arremangado hasta la rodilla y enseñaba un hueso plano, grande y amarillo.
 Una manga de la chaqueta faltaba; el brazo, hombro y cuello, convertidos en una sola y profunda herida de bordes rojos y músculos hendidos que transpiraba sangre. La cabeza no existía; allá, junto al otro brazo, extendido sobre la hierba, se distinguía algo confuso... Pero la cabeza no estaba. No podía saberse qué cara tenía el suicida.
 Un empleado de la Compañía -chaqueta azul, gorra de visera- buscaba sobre la hierba y entre las traviesas y miraba debajo de los vagones.
 -Una pareja de guardias civiles -correajes amarillos, negros tricornios charolados- permanecía junto a él con sus fusiles.
 El empleado levantó las manos:
 -¡El tren no puede arrancar si no aparece esa cabeza!
 -Pero si la tiene ahí, debajo del brazo -dijo un guardia, señalando con la culata.
 El empleado denegó con la cabeza, muy pálido, nervioso, y volvió a mirar bajo los vagones.
 Quizá pensaba que la cabeza habría quedado enganchada en algún hierro, y que se iba a marchar con el tren, a lo largo de la vía, Dios sabe durante cuánto tiempo, hasta que un día, del todo podrida, cayera, con un sonido hueco, sobre las piedras grises y blancas, y allí quedase, inmensa y tranquila, mientras el tren se empequeñecería...
 Luego fue arrancando a grandes puñados el césped verde y alto -pues la primavera venía ya crecida- y los echó sobre el cadáver, ocultando casi su figura y el hórrido hueso amarillo.
 Por fin, el tren arrancó, lentamente. Y las miradas de los asomados se fueron lentamente con el tren; se fueron adelante y la gente a un lado de la vía pudo ver a la gente situada al otro lado, y ambos grupos, al pasar el último vagón, miraron con aprensión y curiosidad la vía. Pero sólo vieron en ella unas indescriptibles piltrafas rojas y grises, unos grumos sangrientos de carne viscosa. [...]
 Una señora rubia, bien vestida, atravesó los raíles sonriendo, tapándose los ojos con una mano, para no ver al muerto -quizá deslumbrada por el sol- y su pie, calzado con un negro zapato de tacón alto, se distendía táctil, precavido, antes de afianzarse en el suelo. El broche dorado de su severo bolso negro lanzó un destello.
 Por la yerma avenida iba acudiendo gente, más gente: un rosario de gente. Todos querían ver al suicida.
 Y el suicida estaba sobre el césped, en una inmovilidad absoluta.
 Hombres y mujeres, y adorables jovencitas de vestidos tensos, le miraban. Los viejos le miraban. Y el niño Doriac, desde su cochecito, también le miraba, ávidamente, con una suerte de sagrado horror: ¿Por qué?, se preguntaba  mirándolo. ¿Es que era necesario... esto? Y después de todo, qué desprecio más grande... qué desprecio nos ha hecho a todos...
 Y el muerto allí seguía, sordo y ciego, definitivamente ajeno a todo: a su piedad, su burla o su indiferencia.»

sábado, 29 de julio de 2017

"Historia abreviada de la literatura portátil".- Enrique Vila-Matas (1948)

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Suicidios de hotel

«Parece ser una constante histórica el que, entre los fundadores de toda sociedad secreta, haya siempre uno al que le gusta llevar la contraria a los demás. En el caso shandy*, todos los comensales de Port Actif eran grandes amantes de la vida, excepto Rigaut que se declaró, desde el primer momento, a favor y del lado de la muerte ("Vous êtes tous de poètes et moi je suis du côté de la mort"), más concretamente del suicidio, una palabra que no sería desterrada del lenguaje shandy hasta el día en que Rigaut, tras dos años de vacilaciones, se suicidó en un lujoso hotel de la ciudad de Palermo.
 Tardó tanto en tomar esa decisión que tuvo tiempo de asistir como espectador a la célebre oleada de suicidios juveniles en el París de 1924, una moda que fue duramente criticada por alguno de los comensales de Port Actif: "Todo esto de quitarse la vida -escribió Szalay- parece hoy en día cosa exclusiva de los jóvenes con voluntad de necios, y el más joven y necio de todos o, al menos, el más cercano a nosotros es el impetuoso Rigaut; habrá que hacer algo con la extrema juventud y el suicidio, dos palabras que actualmente parecen estrechamente ligadas y que sintonizan muy poco con el espíritu portátil". Y Paul Morand, en clara alusión a su amigo Rigaut, terminó una conferencia en Reims con estas palabras: "No es serio, señores. Si uno desea quitarse la vida debe hacerlo con prontitud, es decir, cuando es todavía un niño; hacerlo más tarde es algo ligeramente ridículo, pues no se puede seguir siendo tímido cuando se tiene ya más de siete años".
 Poco caso hizo Rigaut de las palabras de sus amigos, pues desde su regreso de África el suicidio había adquirido, para él, valor de sacramento único. Sus primeros pasos hacia ese gesto definitivo los había dado en Port Actif cuando, sin avisar a nadie, se adentró en la selva, desapareciendo en una oscura noche de grandes árboles en la que, rodeado del húmedo silencio de las hojas, se inventó el pretexto de que estaba perdidamente enamorado de Georgia O'Keefe para así poder sentirse cada vez más tentado a quitarse la vida, pues estaba seguro de que su amada le rechazaría sin contemplaciones, como, en efecto, así fue. Pero, según ya dije, eso no fue obstáculo para que tardara todavía dos años en suicidarse.
 Y es que, durante ese período de tiempo, sentirse inmensamente desgraciado y tener ante sí la perspectiva del suicidio, le devolvió el sentido del humor, lo que es fácilmente constatable en este texto o anuncio publicitario que, a su regreso de Port Actif, redactó en París con la intención de dar a conocer su Agencia General del Suicidio, una oficina singular en la historia de la literatura portátil:
 "La Agencia General del Suicidio ofrece finalmente un medio algo correcto de abandonar la vida, pues la muerte es el único de todos los desfallecimientos que jamás se disculpa. Es así que se han organizado los entierros-expreso: banquete, desfile de amigos y conocidos, fotografía (o mascarilla postmortem, a elección), entrega de recuerdos, suicidio, colocación en el ataúd, ceremonia religiosa (facultativa), traslado del cadáver al cementerio. La Agencia General del Suicidio se encarga de ejecutar las últimas voluntades de los Señores Clientes."
 Dos meses después de la publicación de este anuncio, Rigaut abandonó precipitadamente su oficina de suicidios y se embarcó hacia América. Su afición a representar comedias de tristeza le llevó hasta la puerta misma de la casa de William Carlos Williams (al que suponía amante de la O'Keefe), donde trató de exhibir su profunda desesperación de enamorado rechazado.
 Conocemos detalles muy interesantes de su travesía marítima, porque en ella trabó amistad con un elegante pasajero, el fotógrafo Man Ray, que años más tarde iba a contarlo todo, de un modo despiadado, en un divertido libro, Travels with Rita Malú, donde Rigaut sería descrito como un patético e histriónico caballero que se complacía en una desesperación que ni él mismo acababa de creerse, pues en múltiples ocasiones le traicionaba su sentido del humor. Por ejemplo, nada más desembarcar en Nueva York, se sintió impulsado a publicar este anuncio en la prensa local:
 "Joven pobre, mediocre, 21 años, manos limpias, contraería matrimonio con mujer, 24 cilindros, salud, erotómana o hablando el anamita, a ser posible apellidada O'Keefe. Dirigirse a Jacques Rigaut, 73 boulevard du Montparnasse, París. Sin domicilio fijo en Nueva York."
 Fue una vez concertada la publicación de este anuncio cuando se dirigió a la casa de William Carlos Williams que, al abrir la puerta y ver el grotesco rostro desencajado del futuro suicida, no pudo evitar una carcajada descomunal. Y es que Rigaut estaba frente a él con un ramo de orquídeas, cierta palidez maquillada y aspecto de ser la víctima de una fiebre amorosa que le atravesaba el corazón.
 Aquello era todo un espectáculo que merecía ser fotografiado, y Man Ray, que había acompañado a Rigaut hasta la casa, no perdió el tiempo. Su instantánea, al circular entre los primeros shandys, sirvió para que éstos se reafirmaran en la impresión de que en la sociedad secreta no había lugar para el ridículo involuntario o la desesperación fingida, es decir, para la extrema juventud.»
*Shandy: en el dialecto de algunas zonas del condado de Yorkshire (donde Laurence Sterne, el autor del Tristam Shandy, vivió gran parte de su vida), significa indistintamente alegre, voluble y chiflado.