miércoles, 13 de diciembre de 2017

"España, aparta de mí este cáliz".- César Vallejo (1892-1938)


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XIV

«¡Cuídate, España, de tu propia España!
¡Cuídate de la hoz sin el martillo,
cuídate del martillo sin la hoz!
¡Cuídate de la víctima a pesar suyo,
del verdugo a pesar suyo,
y del indiferente a pesar suyo!
¡Cuídate del que, antes de que cante el gallo,
negárate tres veces,
y del que te negó, después, tres veces!
¡Cuídate de las calaveras sin las tibias,
y de las tibias sin las calaveras!
¡Cuídate de los nuevos poderosos!
¡Cuídate del que come tus cadáveres,
del que devora muertos a tus vivos!
¡Cuídate del leal ciento por ciento!
¡Cuídate del cielo más acá del aire
y cuídate del aire más allá del cielo!
¡Cuídate de los que te aman!
¡Cuídate de tus héroes!
¡Cuídate de tus muertos!
¡Cuídate de la República!
¡Cuídate del futuro!...


XV.- España, aparta de mí este cáliz

Niños del mundo,
si cae España -digo, es un decir-
si cae
del cielo abajo su antebrazo que asen,
en cabestro, dos láminas terrestres;
niños, ¡qué edad la de las sienes cóncavas!
¡qué temprano en el sol lo que os decía!
¡qué pronto en vuestro pecho el ruido anciano!
¡qué viejo vuestro 2 en el cuaderno!

¡Niños del mundo, está
la madre España con su vientre a cuestas;
está nuestra maestra con sus férulas,
está madre y maestra,
cruz y madera, porque os dio la altura,
vértigo y división y suma, niños;
está con ella, padres procesales!

Si cae -digo, es un decir- si cae
España, de la tierra para abajo,
niños, ¡cómo vais a cesar de crecer!
¡cómo va a castigar el año al mes!
¡cómo van a quedarse en diez los dientes,
en palote el diptongo, la medalla en llanto!
¡Cómo va el corderillo a continuar
atado por la pata al gran tintero!
¡Cómo vais a bajar las gradas del alfabeto
hasta la letra en que nació la pena!

Niños,
hijos de los guerreros, entre tanto,
bajad la voz, que España está ahora mismo repartiendo
la energía entre el reino animal,
las florecillas, las cometas y los hombres.
¡Bajad la voz, que está
con su rigor, que es grande, sin saber
qué hacer, y está en su mano
la calavera hablando y habla y habla,
la calavera, aquella de la trenza,
la calavera, aquella de la vida!

¡Bajad la voz, os digo;
bajad la voz, el canto de las sílabas, el llanto
de la materia y el rumor menor de las pirámides y aun el de las sienes que andan con dos piedras!
¡Bajad el aliento, y si
el antebrazo baja,
si las férulas suenan, si es la noche,
si el cielo cabe en dos limbos terrestres,
si hay ruido en el sonido de las puertas,
si tardo,
si no veis a nadie, si os asustan
los lápices sin punta, si la madre
España cae -digo, es un decir-
salid, niños del mundo; id a buscarla!...»


 [Los poemas pertenecen a la edición de Editorial Laia, 1979. ISBN: 84-7222-345-0.]
 

martes, 12 de diciembre de 2017

"Orígenes".- Amin Maalouf (1949)


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Combates
 38

«El año 1915 fue uno de los más calamitosos en la historia del Monte Líbano. Para empezar, estaba la Gran Guerra, en la que la Sublime Puerta había entrado ya desde noviembre de 1914 junto al Imperio alemán y el austro-húngaro, aventura de la que Enver y sus Jóvenes Turcos esperaban un milagroso renacimiento del Imperio otomano, pero que, en definitiva, como todo el mundo sabe, lo condujo a la desintegración.
 Al principio del conflicto, el teatro de las operaciones estaba alejado y el Monte Líbano no se vio directamente afectado. Todo el mundo conseguía apañárselas, aunque algunos productos importados de Francia o de Inglaterra empezasen a escasear e incluso aunque los emigrantes no pudieran ya enviar dinero a sus familias. Un artículo sustituía a otro, se prescindía de cuanto no fuera indispensable; los hermanos, los primos y los vecinos se prestaban ayuda mutua y todos se ponían en manos de Dios para que la prueba no se prolongase demasiado. Pocos se daban cuenta de que estaba agonizando un mundo y que a todos y a cada uno, pequeños y mayores, les tocaría a la postre su parte del padecimiento común.
 La población se enteró de los designios de la Providencia bajo la forma de una plaga bíblica, por decirlo de alguna manera: ¡la langosta! En abril de 1915, nubes migratorias de saltamontes nublaron de pronto el cielo antes de caer sobre los campos para devorarlo todo, "lo verde y lo seco" como reza el dicho local.
 En tiempos normales, habría habido penuria; en tiempo de guerra, con todas las privaciones que ya se estaban padeciendo, vino la gran hambruna, la peor que recuerdan los libaneses. Se calcula que murieron hasta cien mil personas, casi un habitante de cada seis; hubo pueblos que se quedaron casi vacíos. Cierto es que ya había habido otras muchas hambrunas en el pasado. Pero ninguna impresionó tanto. Incluso hoy en día se oye decir a veces que la emigración la provocó la gran hambruna del año quince, lo cual es falso, por supuesto, pues ese movimiento ya contaba con varias décadas de existencia: hacia Egipto, hacia diversas "comarcas americanas" y también hacia Australia. Pero creció y aprovechó los horrores de la hambruna para darles la razón a quienes se habían ido ya antes, acallando culpabilidades y remordimientos.
 Durante esas pruebas, Botros consiguió singularizarse una vez más. Lo normal era sembrar la siguiente cosecha a finales del otoño. Los que tenían grano de sobra se lo proporcionaban a quienes no tenían suficiente; la correspondencia familiar rebosa de cuentas de ésas: tantas cajas de grano dadas a éste y tantas a aquél... Pero en el otoño de 1914, al enterarse de que había estallado la guerra, mi futuro abuelo decidió que aquel año no sembraría.
 -¡Está loco!
 No era la primera vez que se lo llamaban. Tenía una incansable propensión -agotadora sin duda para sus familiares más próximos- a no atenerse nunca ni al sentido común ni a la sabiduría del entorno. También en esta ocasión había afilado bien los razonamientos: si escaseaba la comida, el grano reservado para la sementera permitiría aguantar unos cuantos meses más.
 Pero, ¿qué va a hacer al año siguiente? Si no siembra, no cosechará y con la carestía fruto de la guerra nadie tendrá excedentes que venderle... o se los venderá a precio de oro...
 ¡Qué loco! ¡Qué manía de no hacer nunca lo que hacen los demás!
 El trigo crecía en los campos, las espigas granaban y doblaban la cabeza; y todo el mundo compadecía a Botros o se reía de él porque tenía los campos en barbecho.
 ¡Y de repente llegó la langosta!
 El cielo se oscureció a las doce del mediodía, como si hubiera un eclipse, y luego llegaron esos animalitos voraces que se extienden a miles por los campos, que devoran, que siegan a su manera, que lo asuelan todo y lo dejan todo mondo.
 Entretanto todo el mundo había agotado ya las reservas o, como mucho, podía, si las consumía con mucha cautela, hacer que durasen hasta noviembre. ¡Sólo Botros tenía aún con qué alimentar a los suyos para todo el invierno! Situación envidiable, cierto es, y que demostraba que los demás deberían fiarse de él más a menudo; pero ¿acaso no era una maldición ser "envidiable" en tiempos así? ¡Resulta difícil vivir en un pueblo en donde la gente se muere de hambre mientras uno tiene con qué comer! Si Botros hubiera tenido silos de trigo, es fácil suponer que habría puesto gran empeño en alimentar a todos los que se lo hubieran pedido. Pero sólo se había quedado con la parte de la cosecha que debería haberse usado para la sementera, lo que le permitía alimentar a su mujer, a su hijo mayor, al segundo -mi padre había nacido en octubre de 1914-, a su anciana madre, Susene y, como mucho, al menor de sus hermanos con su mujer y sus tres hijos, entre los que se contaba ese a quien en estas páginas llamo el Orador... ¡Era mucha gente y no podía con más carga! ¿Qué hacer si un primo, una prima, un vecino, un alumno o el padre de un alumno venía a pedirle el pan que le evitaría la muerte? ¿Darle con la puerta en las narices?
 En la Escuela Universal, el comienzo de curso, en octubre de 1915, transcurrió en un ambiente apocalíptico. ¿Cómo centrarse en los estudios cuando se tiene hambre y la perspectiva de pasar todo el invierno sin comida? ¡Y, por supuesto, no había ni que pensar en pedirles a las familias que pagasen la escolaridad! Es comprensible que, en semejantes condiciones, a Theodoros le pareciera el momento oportuno para intentar sacar a Botros y a los suyos del pueblo y obligarlo a cerrar el colegio -¡un caso de fuerza mayor!-, al tiempo que le garantizaba un cargo prestigioso y lucrativo.
 Lo que habría debido convertir esa propuesta en muy digna de consideración era que la escuela rival, la del cura Malatios, había tenido que suspender sus actividades poco antes, a la espera de tiempos mejores. Nadie habría podido, pues, decir que Botros había salido derrotado del duelo...
 Mi abuelo no guardó copia en su archivo de la carta con que respondió a Theodoros; o se habrá extraviado. Está claro que dijo que no, puesto que nunca cerró su escuela y nunca fue juez de instrucción. Pero no sé qué argumentos decidió usar. Supongo que expuso los escrúpulos que sentía en echar la llave de la noche a la mañana, siendo así que el curso acababa de comenzar. Comportamiento tal le habría parecido indigno. ¿Cómo? ¿Largarse con la mujer, los niños y los sacos de provisiones dejando que se muriera la gente de su pueblo? ¿Abandonar a su suerte a sus alumnos y a los padres de sus alumnos? Si hubiera sido hombre capaz de desertar así, hace mucho que se habría ido del país. ¿No había vacilado siempre en emigrar debido a la puntillosa y picajosa opinión que tenía en lo referido a los comportamientos responsables y honrosos?»
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, en traducción de María Teresa Gallego Urrutia. ISBN: 84-206-4575-3.]

lunes, 11 de diciembre de 2017

"El matrimonio de Maciej Boryna".- Wladislaw Reymont (1867-1925)


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7

«En casa de Boryna había mucha gente. [...] Todo el mundo hablaba muy alto. Los mozos iban y venían con más coles, o bien fumaban cigarrillos o hablaban con las muchachas. [...] Empezó el canto y hubo tanto entusiasmo que temblaron las vidrieras, azotadas a la vez por la lluvia. Se escuchó un grito penetrante. Se hizo un silencio y el viejo Roch salió corriendo.
 -No es nada, no es nada -dijo Antek-; alguien cerró la puerta y pilló entre las dos hojas la cola de un perro.
 El anciano Roch regresó a su sitio.
 -Un perro -dijo- es también una criatura de Dios. Nuestro Señor tenía un perro y cuidaba de que no se le hiciese daño.
 -¿Jesucristo tenía perros como nosotros? -preguntó Augustynka, escéptica.
 -Sí; tenía uno que se llamaba Burek.
 Después de un minuto de recogimiento, Roch irguió la cabeza encanecida y, recorriendo con los dedos las cuentas de su rosario, empezó a narrar la historia.
 -En aquel tiempo, cuando Jesús reinaba sobre la tierra, sucedió lo que voy a contaros: iba Nuestro Señor a la peregrinación de Mstow. Llegó la noche. Animales fantásticos, hijos del infierno, salían de la oscuridad y amenazaban al Divino Viajero con sus garras y dientes. Pero, ¿cómo iban a hincarse en la Divina Persona? Corrieron al ver la señal de la cruz. De todos ellos sólo quedó un perro salvaje. Los perros no eran entonces amigos de los hombres, y así aquel animal seguía las huellas del Divino Viajero, ladrándole y mordiéndole su vestidura. Jesús, lleno de misericordia, le tiró un trozo de pan. El perro se lo comió y siguió amenazando. "¿No reconoces a tu señor? -preguntó Jesús-. ¿Y por qué atacas a los hombres? Ahora te digo: tú no podrás vivir sin ellos..." Al oír estas palabras, el perro le miró sorprendido y se fue con el rabo entre las piernas. En el camino se encontró con mucha gente. Pero la iglesia estaba sola, mientras la taberna se llenaba de bebedores. Cuando llegó Jesús, el pueblo entero acudió, agitado por el espanto como un trigal por el viento de la tormenta: las mujeres se subieron a los carros y los hombres se armaron con látigos y horquillas. "¡Un perro rabioso!... -decían-. ¡Un perro rabioso!..." El animal, con la lengua fuera, se precipitó contra Jesús. Reconociendo al perro del bosque, Nuestro Señor lo cubrió con su manto y dijo a la multitud: "No lo matéis porque es una criatura de Dios. Es un animal sin dueño, solo y hambriento." Pero ellos no querían escuchar y tan tercos fueron que Jesús se enfureció. "¡Hombres malvados, borrachos, os da miedo un perro y no Dios! Venís todos juntos, malditos, y en lugar de rezar por vuestras almas y por las de las demás, no hacéis sino divertiros y embriagaros. ¡Ladrones! ¡Verdugos!... ¡Nos os salvaréis del castigo divino!" Y tomando el cayado iba a proseguir su camino cuando, reconociéndole de pronto, se arrodillaron, llorando, todos los allí presentes. "Quédate con nosotros, Señor; quédate y seremos fieles a ti como ese perro. Somos pecadores, hombres endurecidos por la maldad pero también, como ese perro, estamos solos y no tenemos dueño. No nos dejes desamparados; no partas..." Y le besaban las manos y los pies. Su divino corazón estaba conmovido. Permaneció con ellos, les predicó su doctrina y les bendijo. Después, al marcharse, dijo: "En lo sucesivo, el perro será vuestro servidor. Guardará vuestras aves y vuestros apriscos. Sed buenos con él y no le hagáis daño."  Pero Burek siguió a Jesús. Caminaban juntos por campos, bosques y ríos. Cuando tenían hambre, el perro cazaba y traía aves. Cuando su Señor dormía el perro vigilaba para protegerlo de los animales feroces y de los hombres malvados. Cuando los fariseos y los malditos judíos crucificaron a Jesús, el perro aulló al pie del madero. Ya se habían ido la Virgen y los Apóstoles y el perro aún seguía allí. Al tercer día, Jesús despertó y miró a su alrededor: sólo el perro aguardaba. En aquella hora suprema el Señor lo miró enternecido y murmuró: "Sígueme." En el instante mismo de entregar su espíritu también el perro falleció para seguir a su amo. Tal fue lo sucedido en aquella época... Amén.
 Las jovencitas se secaban los ojos. Reinó el silencio durante algunos momentos; después se comentó la parábola. Augustynka interrumpió la charla, gritando:
 -Yo sé otra mejor. Esperad. Dios hizo el toro y el toro existe por obra de Dios; el hombre cogió un cuchillo e hizo al buey: el buey existe por obra del hombre.
 Todo el mundo rio a carcajadas:
 -Esta Augustynka lo sabe todo.
 -Claro; después de haber estado casada tres veces... El primer marido le daba lecciones por la mañana con un látigo; el segundo a mediodía, con el cinturón; el tercero, por la noche, con un garrote.
 -Oye tú, lo que tienes que hacer es ser precavida cuando robes el trigo a tu padre para que no te vean... Y deja en paz a una viuda -dijo la Augustynka enérgicamente.
 Todos se quedaron en silencio, porque tenía una lengua terrible. Además, era de mucho vigor; siempre quería tener la última palabra; nunca cedía y sostenía a veces tales despropósitos, que ponían los pelos de punta a quienes los oían. Ni la religión se salvaba de sus ataques. El señor cura la reprendía, pero ella se reía de sus palabras:
 -Para subir al cielo -decía-, no es necesario hacer caso a ningún clérigo...
 Todos se despedían. Antek salió sin que nadie se diera cuenta para vestirse, y siguió a Jagna, que caminaba sola, porque los demás invitados vivían en dirección opuesta, hacia el molino. La llamó a la sombra.
 -Te acompañaré -dijo.
 El viento que soplaba había disimulado las nubes. Antek agarró a Jagna por la cintura, y estrechamente unidos se perdieron en la oscuridad.»
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de Ediciones Rueda. ISBN: 84-8447-095-4.]
 

domingo, 10 de diciembre de 2017

La caza de la sabiduría.- Nicolás de Cusa (1401-1464)


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39.-Epílogo

«Puesto que no se ha hecho nada que no se haya podido hacer y nada se puede hacer a sí mismo, se sigue que hay un triple poder: el poder hacer, el poder-ser-hecho y el poder que ha sido hecho. Anterior al poder que ha sido hecho es el poder-ser-hecho, anterior al poder-ser-hecho es el poder hacer. Principio y límite del poder-ser-hecho es el poder hacer. El poder que ha sido hecho ha sido hecho del poder-ser-hecho por el poder hacer.
 El poder hacer, por ser anterior al poder-ser-hecho, ni es algo hecho ni puede ser hecho otro. Es por consiguiente todo lo que puede ser. No puede por ello ser más grande, y a esto lo llamamos lo máximo; y tampoco puede ser más pequeño, y a esto lo llamamos lo mínimo; tampoco puede ser otro. Es por tanto causa eficiente, formal o ejemplar y final de todas las cosas, por ser límite y fin del poder-ser-hecho y, por ello, del poder ser de lo que ha sido hecho. Así, todas las cosas que pueden ser hechas y las que han sido hechas se encuentran de antemano en el poder hacer mismo, como en su causa eficiente, formal y final. El poder hacer está en todas las cosas como la causa absoluta en lo causado por ella.
 Ahora bien, el poder-ser-hecho es en todas las cosas que han sido hechas aquello que ha sido hecho, ya que nada ha sido hecho en acto sino aquello que pudo ser hecho, pero es bajo un modo de ser diferente: de un modo más imperfecto, en potencia, y de un modo más perfecto, en acto. Por consiguiente, el poder-ser-hecho y el poder que ha sido hecho no son diferentes en su esencia. Pero el poder hacer, aunque no sea otro, sin embargo por ser causa de la esencia no es la esencia. La esencia, en efecto, está causada por el poder hacer.
 Pero dado que el poder-ser-hecho no es el poder que ha sido hecho, el poder-ser-hecho no ha sido hecho del poder-ser-hecho, sino que con anterioridad al poder-ser-hecho no hay nada sino el poder hacer. Por eso se dice que el poder-ser-hecho ha sido hecho de la nada. Así decimos que el poder hacer precede a la nada, pero no el poder-ser-hecho. Por eso decimos que el poder-ser-hecho ha sido creado, ya que ha sido producido, no hecho, por el poder hacer.
 Pero puesto que al mismo poder hacer absoluto lo llamamos el omnipotente, decimos de él que es eterno, no hecho ni creado, y que no puede ser aniquilado ni llegar a ser de un modo diferente de como es, porque es anterior a la nada y al poder-ser-hecho. Y de él negamos todas las cosas que son nombrables, pues son posteriores al poder-ser-hecho. En efecto, lo nombrable presupone el poder-ser-hecho, es decir, presupone el poder ser nombrado.
 El poder-ser-hecho tiene su límite solamente en el poder hacer. Por esa razón no será aniquilado. Pues si esto se hiciera, podría ser hecho. ¿Cómo, entonces, debería ser aniquilado el poder-ser-hecho? Es por tanto perpetuo, puesto que tiene comienzo pero no puede ser aniquilado sino que su límite es su comienzo. Ahora bien, de las cosas que pueden ser hechas algunas son las primeras, otras son posteriores a las primeras y las imitan. Puesto que en las primeras su poder-ser-hecho es en acto y completo, se sigue que son perpetuas, al igual que lo es su poder-ser-hechas. En las cosas que siguen, el poder-ser-hecho no es completo y perfecto, sino que son según el modo que corresponde a la imitación de lo que es completo. Por ello no son perpetuas, sino que imitan a las que son perpetuas. Aquello, en cambio, que no es perpetuo ni estable, sino que lo imita, es inestable y temporal. Esto es una breve repetición de lo que hemos dicho con anterioridad.
 Sin embargo, puesto que en el oficio propio de esta caza general de la sabiduría nos vemos confirmados mediante casos particulares, apliquemos esta forma de la caza a un objeto sensible, por ejemplo, el calor. Dejemos establecido lo siguiente: hay un triple poder, es decir, poder hacer caliente, el poder-ser-hecho caliente y el poder que ha sido hecho caliente. Y procedamos ahora en la forma que corresponde a la contracción a un caso particular. Podemos entonces decir: el poder que ha sido hecho caliente tiene, con anterioridad a sí, el poder-ser-hecho caliente, pero el poder-ser-hecho caliente no puede hacerse a sí mismo caliente en acto. Por consiguiente, con anterioridad al poder-ser-hecho caliente está el poder hacer caliente. El poder hacer caliente, puesto que precede al poder-ser-hecho caliente, es en consecuencia todo aquello que puede ser caliente, y por tanto no puede ser ni más ni menos caliente, ni de otro modo de como es. Es en consecuencia, en relación con todas las cosas calientes, el creador del mismo poder-ser-hecho caliente y lleva a todo lo que es caliente del poder-ser-hecho al acto. Y es la causa eficiente, formal y final de todas las cosas calientes. Y está en todas las cosas calientes como la causa en lo causado, y todas las cosas causadas están en él como lo causado está en la causa. Y respecto de las cosas calientes no tendrá principio ni fin. Y no será de ningún modo la esencia de las cosas calientes, sino causa de la esencia, y no es nombrable mediante todos los nombres que corresponden a las cosas que son calientes.
 El poder volverse caliente tiene comienzo y no tiene fin. Y hay algunas cosas calientes en las que llega a su plenitud el poder ser hechas. Duran siempre. Hay otras que siguen a estas y son inestables. El calor es en ellas deficitario. Y aunque algunos consideren como lo caliente que es todo lo que lo caliente puede ser a este fuego que arde y es sensible, lo caliente en el sentido indicado no es este fuego, pues todo el calor de cualquier fuego sensible no es el fin de todo poder hacerse caliente, ya que todo calor sensible puede ser mayor. Más bien, lo que denominamos fuego es o bien de índole ígnea -como dice Platón- o bien algo inflamado, y por cierto no tan inflamado como podría ser inflamado. Por tanto, el fuego precede de suyo a todo lo inflamable y lo inflamado. Es causa de lo uno y de lo otro y es, con anterioridad a todo fuego sensible, completamente invisible y desconocido. Es por ello semejante a la causa primera, como expone ampliamente Dionisio. Esto lo vio aquel santo, al afirmar que Dios es un fuego en combustión.
 Anterior, sin embargo, a este fuego sensible es el movimiento y la luz. Pues merced al movimiento lo inflamable se inflama y a este proceso va unido la luz. De lo luminoso cabe decir lo mismo que de lo cálido, y de la luz lo mismo que del fuego. Igualmente cabe decir que ni el sol ni ninguna otra cosa sensible es la luz, que es la causa de todas las cosas luminosas, sino que todas ellas son luminosas y no la luz misma. Y esto mismo vale para lo frío, lo húmedo y todas las cosas, que son participadas en mayor o menor grado.
 Como dice Proclo, la unidad es el principio de toda muchedumbre.»
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de Ediciones Sígueme, en traducción de Mariano Álvarez Gómez. ISBN: 978-84-301-1866-3.]

sábado, 9 de diciembre de 2017

El papiro de Sept.- Isabel Pisano (1948)


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Primera parte: Hipatia de Alejandría
45.-Irak, 25 de marzo de 2003

«La primavera y el Tigris habían invadido la ciudad con su infinita variedad de perfumes, indiferentes a la guerra. El presidente de Irak ya ni leía los informes que llegaban por fax del Ministerio de Defensa. ¿Para qué? Daba la impresión de que no tenía control sobre los acontecimientos, ni idea de cómo defender su país.
 Sin armas de destrucción masiva ni de ningún otro tipo, se encontraba a merced de un destino infausto para él y para su pueblo. Estaba seguro de que los soldados defenderían la capital casa por casa, pero ignoraba que los ocupantes hubiesen comprado al jefe de Estado mayor para que entregase Bagdad sin combatir. No se sabe por qué el militar concertó ese pacto, si para salvar la vida de sus congéneres, cosa muy loable, o si para asegurarse un holgado retiro en algún país de Oriente Medio. Si era por lo primero, se había tratado de un enorme error. Por cielo y tierra, los ocupantes tenían una ciega determinación destructiva: matar todo lo posible, destruir las infraestructuras vitales para la población civil y llevar a Irak al medioevo. Como había prometido el ministro de Defensa americano.
 Desde los carros Humvee de combate disparaban a civiles y soldados sin distinción. Se trataba de una matanza en toda regla.
 La prensa internacional no dio las cifras de los muertos de aquel primer día en Bagdad. Tampoco las ONG. Era alto secreto. Los periodistas, que seguían con prismáticos el avance de las tropas al otro lado del Tigris, no podían creer lo que veían sus ojos: dos cámaras de televisión dirigieron el objetivo a la masacre y fue lo último que hicieron en su vida. El cañón disparó sobre ellos, que murieron en pocos minutos.
 La matanza había empezado a las cinco de la tarde hora iraquí, el Ministerio de Defensa recibió el impacto de varios misiles, el suelo tembló en un aterrador terremoto provocado y el presidente comprendió que el tiempo de poder había llegado a su fin. Mandó llamar a su mujer e hijos y les obligó a partir, a alejarse del infierno. Los hijos varones permanecieron junto al padre. De las hijas y de su esposa Safiya tuvo que despedirse entre lágrimas. Ambos sabían que muy posiblemente no volverían a verse. Él, que era la imagen misma de la derrota, sólo pudo decir apretándola contra su pecho: "Ten fe, esposa mía, nadie conoce los designios de Alá." El tiempo de los adioses fue eterno, aunque duró segundos; habría de mantenerlos en su retina hasta el fin de sus días, que presumía cercanos.
 Las mujeres se alejaron en la noche de boato infernal, acompañadas por hombres de confianza. El presidente pidió a Alá que las protegiese en el camino. Desde entonces, el fuego incendiaba el cielo de Bagdad y le abría heridas amarillas y rojas presagiando sangre y saboreándola.
 ¿Cómo se había llegado a esto? Los ocupantes habían sido sus aliados, lo habían apoyado, le habían vendido armas para demoler a los persas. ¡Los persas! ¿Cuánto duraba esa contienda? Desde el principio de la humanidad. Pero sus amigos eran cada vez más ávidos y tenían otros intereses. Él había convertido Irak en el país más avanzado, moderno y culto, junto con Palestina, de Oriente Medio. Y el más laico. El despertar de su conciencia le había obligado a quebrar pactos, no era un títere; si los ocupantes no respetaban los acuerdos, él estaba obligado a cambiar las reglas.
 Los libros sagrados habían escrito ya el final de esta historia, y en la última página él aparecía como rehén de un destino que lo había colocado al frente de la antigua Mesopotamia. ¡Ay, de los sueños de gloria! Ella conlleva siempre el beso en el polvo de la más profunda humillación, cuando no la peor de las muertes.
 Miró una vez más a través del ventanal la ciudad en llamas y, por primera vez desde que era un hombre, rompió en sollozos.
 La voz de su edecán ahuyentó las lágrimas:
 -Presidente, vámonos. Aquí ya no tenemos nada que hacer.
 Asintió. Con paso decidido dejó atrás el pasado y salió afuera, donde la muerte y el dolor arreciaban. Se dirigía hacia una nueva vida, incierta.»

 
 [El extracto pertenece a la edición de Ediciones B, para el sello Zeta Bolsillo, año 2011. ISBN: 978-84-9872-240-6.]
 

viernes, 8 de diciembre de 2017

¡Esta noche, gran velada!.- Fermín Cabal (1948)


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Acto primero

«Mateos: Está visto. Tienes la negra. Cuando no es una cosa es la otra. (Da otra chupada al puro.) ¿Cuántas van?
 Kid: ¿Cuántas qué?
 Mateos: Oportunidades. ¿Sabes lo que significa esa palabra? La gente se mata por una. Miles, millones de seres en todo el mundo aguantan una perra vida agachando las orejas una y otra vez, y lo único que les mantiene en pie es esa palabra con la que sueñan todas las noches bajo el cobertor. Y la mayoría palman sin haber catado esa fruta. (Otra chupada.) Tú, en cambio, la dejas pudrirse en la nevera. (Pausa.) Me equivoqué contigo, desde luego. Siempre creía que tenías madera. Desde aquel día que te vi hacer guantes con Soplillo en el gimnasio. ¿Cuánto hace de eso?... Santo cielo, todos esos años luchando por conseguirte una oportunidad y una tras otra las has dejado pasar a tu lado de la forma más estúpida...
 Kid: Esta vez no es culpa mía.
 Mateos: ¡Ya me dirás de quien! ¿De tu novia?
 Kid: Ella no tiene que ver con esto.
 Mateos: ¿Ah, no? ¿No es ella la que ha escrito esa dichosa carta?
 Kid: La carta es lo de menos. Con carta o sin carta, yo ya lo sabía. Esas cosas se saben sin que nadie las diga. Es como cuando peleas. Basta verle los ojos al contrario para saber si ganas o pierdes. Pero hay que atreverse a mirar. ¡Y yo no me he atrevido!
 Mateos: No estoy de acuerdo, no lo estoy en absoluto... Una pelea da muchas vueltas. Y el que está en el ring no ve las cosas como el que está fuera. Por eso le conviene escuchar las indicaciones del preparador y no hacer la guerra por su cuenta... Quizá si me contaras cómo están las cosas, yo podría...
 Kid: Se lo agradezco, Don Ángel, pero para mí esto ya es asunto terminado. No voy a sufrir más. Está decidido.
 Mateos: ¿Te refieres a la chica o al boxeo?
 Kid: A las dos cosas.
 Mateos: ¿Y qué tiene que ver lo uno con lo otro?
 Kid: Mucho. Todo.
 Mateos: No veo la relación.
 Kid: Pues la tiene. Piénselo.
 Mateos: No sé... Las chicas y el boxeo... Como no sea que se suda mucho... sí, y que se lleva uno buenas hostias... Pero eso es con todo, Kid, la vida es eso, sangre, sudor y hostias...
 Kid: Y engaño.
 Mateos: ¿Engaño?
 Kid: Engaño, engaño y ¡engaño!
 Mateos: Ya. Ya veo por dónde vas. Pero eso no se llama engaño.
 Kid: ¿Cómo se llama entonces?
 Mateos: Táctica.
 Kid: ¡Ja! ¿No se engaña a la gente preparando un combate amañado?
 Mateos: Un poco de cabeza, muchacho. Esto es una velada profesional, no un juego de niños. Tú tienes que mirar por tu propio interés. ¡Deja que los demás se preocupen del suyo!
 Kid: ¿Y mi propio interés es regalarle el título a Alarcón?
 Mateos: Exactamente. En estos momentos es así.
 Kid: Pero yo puedo ganar. (Le muestra el periódico.) ¡Aquí lo dice!
 Mateos: Kid, Kid, a ti no te tiene que importar lo que digan los periódicos. Te tiene que importar lo que diga yo, que soy tu mánager. ¡Y yo te digo que tienes que pelear esta noche! Comprendo cómo tienes que sentirte, ha sido un golpe bajo, pero hay que sobreponerse a la adversidad y salir a pelear con Alarcón.
 Kid: ¡Salir a perder!
 Mateos: ¡Salir a ganar tu bolsa y la revancha! ¡Ya te he dicho que Achúcarro me lo ha prometido! Y entonces tendrás tu última oportunidad... No lo vayas a echar ahora todo por la borda. (Kid niega.) En cuanto a esa chica, deja que me ocupe yo del asunto... No te prometo nada, no quiero que te hagas muchas ilusiones, pero déjame a mí... Conozco un poco el paño. O mucho me equivoco o la tendrás a tus pies antes de lo que tú crees... para quedártela o para despreciarla, lo que más gusto te dé...
 Kid: ¿Cómo puedes estar tan seguro?
 Mateos: Seguro no hay nada en este mundo irrazonable. Pero jugaremos lo mejor posible nuestras cartas.
 Kid: La mía está bien clara. (Le enseña la carta de marras.) ¡Me deja! ¡Se va con otro!
 Mateos: Empecemos por ahí... ¿Quién es el maromo?
 Kid: ¿Qué maromo?
 Mateos: El que te pone los cuernos, hablando pronto y mal.
 Kid: Su mánager.
 Mateos: ¿Su mánager?
 Kid: Bueno, su representante...
 Mateos: Pero, ¿qué representante? ¿Me quieres decir para qué necesita esa chica un representante?
 Kid: ¡Pues para triunfar! ¡Usted ha dicho siempre que para triunfar hace falta un representante!
 Mateos: ¿Y de qué quiere triunfar tu novia?
 Kid: De artista, Don Ángel, como todo el mundo. Desde que ganó aquel concurso de las misses, no hay quien se lo saque de la cabeza... ¿Se acuerda del concurso que le digo?
 Mateos: ¡Hummm! Miss Zamora... ¡No me voy a acordar! Me costó una buena pasta... Te costó a ti, porque el dinero era tuyo... ¡Y ahora ya ves! Lo que son las cosas...
 Kid: ¿Qué quiere decir con que me costó una pasta?
 Mateos: Pues eso... Gastos de promoción, relaciones públicas, que si un sobre por allá... lo normal en estos casos.
 Kid: ¡Entonces usted le compró el título!
 Mateos: Lo compramos. Si lo quieres ver así.»

[El extracto pertenece a la edición de Cátedra. ISBN: 84-376-1545-3.]

jueves, 7 de diciembre de 2017

Blade Runner. ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?.- Philip K. Dick (1928-1982)


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«Además, nadie recordaba hoy por qué había estallado la guerra ni quién -si alguien- había ganado. El polvo que había contaminado la mayor parte de la superficie del planeta no se había originado en ningún país en particular, y nadie lo había previsto, ni siquiera el enemigo durante la guerra. Primero habían muerto -era extraño- los búhos. Eso había parecido entonces casi divertido: esas aves gruesas, plumosas, blancas, caídas en los parques y las calles... Como no aparecían antes del crepúsculo, y así había ocurrido cuando vivían, los búhos pasaron inadvertidos. Del mismo modo se manifestaron las plagas medievales. Muchas ratas muertas. Sin embargo, esa plaga había descendido desde lo alto.
 Y después de los búhos, por supuesto, todas las demás aves; pero para ese momento el misterio ya había sido comprendido. Antes de la guerra había un pequeño programa de colonización; ahora que el sol había dejado de brillar sobre la Tierra, la colonización entraba en una nueva fase. Y en relación con ella, un arma de guerra se modificó: el Luchador Sintético por la Libertad. El robot humanoide -o, expresado con propiedad, el androide orgánico-, capaz de funcionar en un mundo extraño, se convirtió en la máquina esencial del programa de colonización. Según las leyes de la ONU todo emigrante debía recibir un androide civil a su elección; y en 1990 la variedad de androides civiles excedía todo lo imaginable, como había ocurrido con los coches americanos en la década de 1960.
 Ese había sido el incentivo básico de la emigración. El androide era la zanahoria y la lluvia radiactiva el látigo. La ONU hizo que emigrar fuera fácil, y difícil -cuando no imposible- quedarse. Permanecer en la Tierra significaba la posibilidad de ser clasificado en cualquier momento como biológicamente inaceptable, una amenaza contra la herencia prístina de la estirpe humana. Una vez calificado especial, un ciudadano quedaba, aunque aceptara la esterilización, al margen de la historia. Cesaba de pertenecer a la humanidad. Y sin embargo, aquí y allá había personas que se negaban a emigrar: eso constituía una irracionalidad sorprendente incluso para los propios interesados. Lógicamente, todos los normales tenían que haber emigrado ya. Quizás, a pesar de su deformación, la Tierra seguía siendo familiar e interesante. O quizá quienes permanecían imaginaban que la nube de polvo terminaría por caer. De todos modos, miles de personas se habían quedado, agrupadas en su mayoría en zonas urbanas donde podían verse físicamente, y animarse mutuamente con su presencia. Estos parecían relativamente cuerdos; pero además -una dudosa adición- había en los suburbios, virtualmente abandonados, seres ocasionales y peculiares.
 Uno de ellos era John Isidore, que se afeitaba en el cuarto de baño mientras la televisión se quejaba en el living. Simplemente había vagabundeado hasta ahí en los días que siguieron a la guerra. En esa infortunada época nadie sabía, realmente, qué estaba haciendo. La gente desquiciada por la guerra, errante, se establecía primero en una región y luego en otra. En ese momento la lluvia de polvo era esporádica y variable; algunos estados se habían visto casi libres de ella, y otros habían quedado saturados. La población desplazada se movía con el polvo. La península, al sur de San Francisco, había estado inicialmente limpia de polvo; y mucha gente se había instalado allí. Cuando el polvo llegó, algunos murieron y otros se marcharon. J. R. Isidore se quedó.
 El televisor gritaba: "¡Nuevamente, los días felices de los estados sureños antes de la Guerra Civil! Ya sea como un criado personal, o un campesino incansable, el robot humanoide hecho a su medida, diseñado SOLAMENTE PARA USTED Y PARA SUS EXCLUSIVAS NECESIDADES, se le entrega a su llegada absolutamente gratis y completamente equipado, de acuerdo con sus propias especificaciones formuladas antes de su partida. Este compañero leal, sin problemas, ha de constituir, en la mayor y más osada aventura humana de la historia moderna..." Y seguía.
 Me pregunto si llegaré tarde al trabajo, pensaba Isidore mientras se afeitaba. No tenía reloj; generalmente dependía de las señales horarias de la televisión, pero hoy debía ser el Día de los Horizontes Especiales, sin duda. La TV afirmaba que era el quinto (o el sexto) aniversario de la fundación de la Nueva América, el principal establecimiento de Estados Unidos en Marte. Y su aparato de televisión, roto en parte, sólo cogía el canal que había sido nacionalizado durante la guerra y era todavía nacional. Isidore estaba obligado a escuchar únicamente al gobierno de Washington con su programa de colonización.
 -Oigamos ahora a la señora Maggie Klugman -sugirió el comentarista a John Isidore, que sólo deseaba saber la hora-. La señora Klugman acaba de llegar a Marte y se ha instalado en Nueva Nueva York donde contesta así a nuestras preguntas: Señora Klugman: ¿cuál es la principal diferencia entre su vida en la Tierra contaminada y su nueva vida aquí, en este mundo que da todas las posibilidades imaginables?
 Después de una pausa, la voz seca y fatigada de una mujer de edad mediana, respondió:
 -Lo que más nos ha llamado la atención a nosotros tres, me parece, es la dignidad.
 -¿La dignidad, señora Klugman?
 -Sí -respondió la señora Klugman, de Nueva Nueva York, Marte-. Es difícil de explicar, pero tener un criado de confianza en esta época tan turbulenta... devuelve la seguridad.
 -Y en la Tierra, señora Klugman, anteriormente, ¿no temía ser clasificada como... como especial?
 -Mi marido y yo nos moríamos de miedo. Y por supuesto, una vez que emigramos ese temor desapareció, afortunadamente, para siempre.
 John Isidore pensó con amargura: y también para mí, sin necesidad de emigrar. Era un especial desde el año anterior, y no sólo por sus genes afectados. No había logrado aprobar el test de facultades mentales mínimas, lo que hacía de él, según la expresión corriente, una cabeza de chorlito. Tres planetas lo menospreciaban, pero él sobrevivía a pesar de todo. Tenía un trabajo: conducía el camión de una empresa de reparación de animales de imitación, el Hospital de Animales Van Ness, cuyo jefe, el gótico y sombrío Hannibal Sloat, lo aceptaba como un ser humano, cosa que él apreciaba. Mors certa, vita incerta, solía decir el señor Sloat. Isidore, que había oído muchas veces la expresión, apenas tenía una oscura noción de su significado. Después de todo, si un cabeza de chorlito pudiera aprender latín, dejaría de serlo. El señor Sloat reconoció la verdad de este aserto cuando lo escuchó. Y había cabezas de chorlito infinitamente más tontos que Isidore, incapaces de trabajar, recluidos en lugares que recibían el extraño nombre de Institutos de Oficios Especiales de América donde, como era habitual, se deslizaba de algún modo la palabra especial.
 -Y su marido, señora Klugman, ¿se sentía seguro usando continuamente un costoso e incómodo protector genital a prueba de radiaciones?
 -Mi marido -empezó la señora Kligman; pero en ese punto Isidore, que había terminado de afeitarse, entró en la habitación y apagó el televisor.»  
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de Planeta DeAgostini, en traducción de César Terrón. Depósito legal: B-19562-2001.]