lunes, 19 de febrero de 2018

Sonetos.- Juan de Tassis, conde de Villamediana (1582-1622)


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El que fuere dichoso será amado

«El que fuere dichoso será amado
y yo en amor no quiero ser dichoso,
teniendo mi desvelo generoso
a dicha ser por vos tan desdichado.

Sólo es servir, servir sin ser premiado;
cerca está de grosero el venturoso;
seguir el bien a todos es forzoso,
yo sólo sigo el bien sin ser forzado.

No he menester ventura para amaros;
amo de vos lo que de vos entiendo,
no lo que espero, porque nada espero;

llévame el conoceros a adoraros;
servir más, por servir, sólo pretendo;
de vos no quiero más que lo que os quiero.


 
Determinarse y luego arrepentirse

Determinarse y luego arrepentirse;
empezar a atrever y acobardarse;
arder el pecho y la palabra helarse;
desengañarse y luego persuadirse.

Comenzar una cosa y advertirse;
querer decir su pena y no aclararse;
en medio del aliento desmayarse,
y entre el amor y el miedo consumirse.

En las resoluciones detenerse;
hallada la ocasión no aprovecharse,
y perdido de cólera encenderse.

Y sin saber por qué, desvanecerse:
efectos son de amor; no hay que espantarse,
que todo del amor puede creerse.


Silencio, en tu sepulcro deposito

Silencio, en tu sepulcro deposito
ronca voz, pluma ciega y triste mano,
para que mi dolor no cante en vano
al viento dado y en la arena escrito.
Tumba y muerte de olvido solicito,
aunque de avisos más que de años cano,
donde hoy más que a la razón me allano,
y al tiempo le daré cuanto me quito.
Limitaré deseos y esperanzas,
y en el orbe de un claro desengaño
márgenes pondré breves a mi vida,
para que no me venzan asechanzas
de quien intenta procurar mi daño
y ocasionó tan próvida huida.
¡Oh, cuánto dice en su favor quien calla!
  
¡Oh cuánto dice en su favor quien calla!
porque de amar, sufrir es cierto indicio,
y el silencio el más puro sacrificio
y adonde siempre amor mérito halla.

Morir en su pasión sin declaralla
es de quien ama el verdadero oficio,
que un callado llorar por ejercicio
da más razón por sí, no osando dalla.

Quien calla amando, sólo amando muere,
que el que acierta a decirse no es cuidado;
menos dice y más ama quien más quiere.

Porque si mi silencio no os ha hablado,
no sé deciros más que, si muriere,
harto os ha dicho lo que yo he callado.
»
 

domingo, 18 de febrero de 2018

El pensamiento perdido.- José Bergamín (1895-1983)


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Noche y prodigio de los tiempos

«¿Evoluciona el pensamiento cristiano en el mundo? Más bien revoluciona. ¿Pues se puede hablar exactamente de un pensar cristiano que no sea un sentir y un vivir, una actuación veraz del hombre en el mundo? ¿Una forma o manera de ser, una razón de ser? "La palabra de la cruz es locura", nos dice San Pablo, empezando a pensar el cristianismo. Y esta locura es para el cristiano su razón de transformar o transfigurar su pensamiento en el mundo, de mover el mundo al compás loco, enajenado, de su pensamiento. "Los sentimientos -decía nuestro cristianísimo Unamuno- son pensamientos en conmoción". El pensar cristiano es un sentimiento o pensar conmovido. Conmovido y conmovedor. En el mundo, en la vida. Este sentir cristiano piensa el mundo como apariencia vana. El cosmos pitagórico es maravilla, y como maravilla, flor volandera, pasajera. Como la de la hierba, según el profeta. "La figura de este mundo pasa", nos dice San Pablo. El mundo, con ser maravilloso, y por serlo, es sólo figura pasajera. La revelación de Cristo, según San Juan, su Apocalipsis, coincide con la desaparición total del mundo. "Cristo ha vencido al mundo", nos dice el mismo apóstol. San Juan como San Pablo, al pensar cristianamente el mundo, lo destruyen, lo aniquilan. Mundo, para el pensar cristiano, quiere decir apariencia vana, máscara vacía. ¿Cómo habrá de extrañarnos entonces que todo intento del pensar cristiano en este mundo se nos aparezca siempre enmascarado? La paradójica expresión de la razón de ser misma del cristiano en el mundo ¿no es locura? ¿No habla un lenguaje de locura? "La palabra de la cruz es locura." Y el propio San Pablo, cuando declara ante el mundo su enajenada razón de ser cristiano, oye de Festo esta respuesta: "Estás loco, Pablo; tus muchas letras te han hecho perder el juicio" (Hechos, XXVI-24). Por eso el pensamiento cristiano, por estar en el mundo, siendo en él testimonio de la verdad, y para no mentirla, se enmascara. Se ha señalado, con acierto, esta dramática actitud del pensar cristiano, señalando en sus más insignes pensadores esa máscara de razón, ese lenguaje inapropiado a su pensamiento y aparentemente contradictorio. Así en San Pablo mismo, en San Agustín, en Santo Tomás, cimas o cumbres definidoras de la evolución del lenguaje cristiano del pensamiento en el mundo, en la historia. "Hablar en cristiano", que es, por definición popular, decir la verdad, hablar claramente, es, en definitiva, una manera paradójica de enmascarar el pensamiento desenmascarándolo por un lenguaje transparente; es ponerle como una máscara de cristal a la palabra humana, enajenada o enloquecida por la fe de Cristo, por la palabra de la Cruz, que es locura.
 San Pablo expresa esta agonía palabrera con su dramático pensar que dice esta imposible lucha. San Agustín enmascarándose, para confesarse cristiano y desenmascararse mejor, halla el lenguaje grecolatino del pensar de su tiempo. Entre neoplatónico y paulino. Y también Santo Tomás, en la cúspide piramidal de los siglos medios, construye su máscara transparente, cristalina, como una catedral, con todo el material que le aportaron, mezcla de oro y escoria, los restos mortales de las Cruzadas; acumulando sobre el aristotelismo arábigo y judío todo el peso de una racionalidad que disfraza palabreramente, de este modo, su empeño de dejar de serlo. "¡Tan cerca, ay de mí, y tan lejos vivo de lo racional!", clama exactamente creo que Santa Irene en una comedia teologicotomista de Calderón. 
 El pensamiento de Santo Tomás se nos ofrece de este modo teológico -y por consiguiente, contradictorio-, más que como una fortaleza irracional de lo divino o para lo divino, como una fortaleza racional contra lo divino. Del mismo modo que las construcciones arquitectónicas de los templos góticos se alzan, en cierto modo, más que como templos de Dios, templos muertos, como fortalezas humanas para defendernos de Dios; como reductos casi adánicos y ultraparadisíacos en que el hombre quiere esconderse de Dios, huyendo de la persecución de la voz divina. Que nunca sabemos en el interior de esas maravillosas jaulas de la locura humana, que son las catedrales góticas, en dónde empieza el temor de Dios y en dónde termina el terror pánico.
 De estos tres pensadores del cristianismo, San Pablo, San Agustín, Santo Tomás, pudo decirse con justeza que expresaron su pensamiento en un lenguaje de razón, tan contrario a ella, tan ajeno al de su locura, que la misma máscara o disfraz que por tal lenguaje contradictorio los expresa, los desenmascara, vistiéndolos de trasparencia.
 Y es que el lenguaje del pensar cristiano encuentra siempre su expresión más justa, más viva, cuando se manifiesta enteramente irracionalizado o racionalizado poéticamente. El mundo vacío de este pensamiento se llena de trasmundo cuando lo expresa o transparenta la poesía, la pura palabra creadora. Así la Divina Comedia de Dante nos lo muestra y enseña. Como nuestro teatro español lopistacalderoniano, expresión poética de la misma empresa teológica. Como la cristiana novelería de Cervantes y Dostoievski.
 No hay ni que recordar siquiera, no olvidándolo de puro sabido, el lenguaje poético del analfabetismo místico en Europa entera, antes y después del Renacimiento, como el de toda su poesía y pintura católica correspondiente.
 Este pensamiento conmovido y conmovedor del cristianismo, del sentir y vivir cristiano, culmina su razón de ser enajenado en el dintel racional del Renacimiento, cuando la dualidad dramática que le ha expresado secularmente le rompe y separa de sí mismo en una oposición intelectual de creencias. El racionalismo renacentista oprime con su máscara o antifaz de sombra esta burla y pasión del hombre invisible, camuflado arlequinescamente de escamoteo luminoso que nos ofrecía hasta entonces el sentir y pensar cristiano. La figura maravillosa y pasajera del mundo pitagórico-cristiano, figura musical, trascendida de figuraciones invisibles, se precisa y ordena nuevamente como un mecanismo perfecto; como un aparato de perfecta relojería espiritual musicalizado con resorte automático. Copérnico, Kepler y Galileo son los mágicos inventores de este prodigio cuyo reflejo en la conciencia humana nos señalarán Giordano Bruno, Descartes y Pascal. El pensamiento racionalista puro, al mecanizar el mundo todo, trasmite su mismo movimiento racionalizado al pensar y sentir del hombre, enjaulado en aquella locura racional que le dio el cristianismo, preso en esta nueva figuración de su cárcel de sombra. Se inicia de este modo humano en la evolución del pensamiento lo que me atrevería a llamar peregrinamente la peripecia del autómata. La conciencia de este designio adquiere su expresión dramática más intensa y exacta en los pensamientos de Pascal. Y no fue vana coincidencia histórica el que se produjese en Pascal mismo la oposición, el choque decisivo entre el pensar más genuinamente cristiano y la máscara, disfraz o, más bien, antifaz quimérico del yo que Descartes ponía al pensamiento. Tampoco es coincidencia vana la de la conocida pugna y polémica trascendente de Pascal con los jesuitas. El genio automático de Loyola vendría a convertirse con el tiempo, en la expresión suprema de esa máscara contradictoria: en la más pura, exacta, matemática negación espiritual de Cristo.»
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de Diario Público. Depósito legal: B-37398-2010.]
  

sábado, 17 de febrero de 2018

Empezando la vida: memorias de una infancia en Marruecos (1914-1920).- Carmen Conde (1907-1996)


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Mi padre no es capitán

«Si todos los recuerdos penosos se dijeran sin pensar en la opinión de quien los escucha, el corazón se iría aliviando de sus miserias hasta quedarse limpio y ligero, alado corazón para anidar en las ramas del Árbol de Dios. Porque yo quiero ir realzando el mío digo todo lo distante, y ahora, esto que me aflige hasta después de razonarlo con generosidad.
  Mis amigas eran numerosas y se pasaban la vida diciéndose las unas a las otras sus listas de comodidades.
  -¿Qué es tu padre? El mío es comandante y tenemos dos asistentes.
  -El mío es teniente.
  -El mío, coronel.
  De pronto, a mí: -¿Y el tuyo: qué es tu padre?
  Sin pensarlo; dije: -Mi padre, capitán.
  Yo era imaginativa, acaso orgullosa, y experimenté un absurdo rubor de confesar que mi padre no solamente no era militar, ni siquiera comerciante. Así, pues, sin detenerme a pensar, contesté rápidamente:
  -¿Mi padre? Es capitán.       
  Se miraron las niñas, dudosas; una, lista, dijo:
  -¿Y ese que viene a tu casa, de paisano?
  Ya lanzada, ¿cómo retroceder? Repuse:
  -Es mi tío. Mi padre está en el campo.
  (El “campo” en Marruecos era donde estaban los campamentos, las posiciones frente al enemigo.)
  -¿Y vive con vosotras tu tío?
  -Sí.
  -¡Pues nunca viene tu padre!
  -No tiene permiso.
  Y ya no hablamos más de aquello. Mi corazón no sufrió temores; ni torturas por la enorme mentira dicha; era una edad la mía tan poblada de imaginaciones, que no lograba distinguirlas de la realidad; y así, muchas eran las veces en que preguntaba a mi madre:
  -Dime, mamá; "eso"... (cualquier detalle) ¿es verdad o lo he inventado yo? -por lo cual ella tenía siempre como una obligación más la de velar por la autenticidad de mis ideas.
  ¿Quién contó a Masanto, mi amiga hebrea, la conversación con las niñas de militares? Probablemente alguna a la que no convenció mi respuesta. Pero Masanto no tardó en ir a decírselo a mi propia madre. Debió ser en un día muy raro, en el que ésta no me habló en muchas horas. A la noche siguiente, cenando, mi padre estaba serio, triste... Quise yo alegrarlo sin duda y le pedí que me llevara de paseo; o quizá le pediría otra cosa; no recuerdo mi tentativa; sí su contestación:
  -No puedo hacerlo; cuando baje tu padre, el capitán del campo, que lo haga.
  Estaban serios los dos, mi madre y él; debí ponerme roja, quedarme medio muerta de miedo y de vergüenza súbitos, aunque todavía no se me alcanzaba todo el mal de mi embuste.
  -¿Tan mal te parezco, hija mía, que niegas que soy tu padre? Yo no hablaba; mis manos se agarraban a la mesa, frías y crispadas.
  -Soy un trabajador ahora; pero lo mismo que hasta hace bien poco, cuando tú naciste y bien después, tenía coches, caballos y dinero, puedo volver a tenerlos. Por eso no se niega a un padre.
  Su voz era triste, amarga, y todo él dolía como una llaga inmensa. Intervino, airada e incapaz de contenerse más tiempo, mi madre:
  -¿No te da vergüenza haber dicho tú ese disparate? ¡Que tu padre es capitán y que está en el campo! ¡Que el que viene a tu casa es tu tío! Y todo el mundo ve que vivimos los tres solos, que tenemos él y yo la misma alcoba, el que tú dices que es hermano de tu padre. ¿En qué situación me has puesto, hija mía? ¿Qué dirán las madres de esas niñas, de mí?...
  ¿Qué decían, Santo Dios? Yo no entendía ya nada; en mis oídos zumbaba la sangre tumultuosa, y un yelo mortal me envolvía en sus paños mojados. Implacable seguía mi madre, la más fuerte para castigarme siempre que lo merecía, que era con excesiva frecuencia.
  -Tu padre trabaja en un oficio muy digno y muy bonito; sus manos sólo se manchan de oro; viste mejor que esos capitanes, y, además, ¡es tu padre!
  Ya no oía yo nada; comprendía la brutalidad de mis palabras y una pena infinita me empezó a sangrar basta hacerme llorar a mares.
  -¡Yo no sabía que era tan malo decirlo! ¡Yo estaba fastidiada de que presumieran conmigo y por eso fue que lo dije!; ¡pero yo no sabía que era tan malo!
  Lloraba; lloraba; mis ojos siempre secos, incapaces de una lágrima nunca, pasara lo que pasare, eran dos fuentes desbaratadas.
  Mi padre comprendió antes que mi madre, y me perdonó:
  -No llores más, anda; si ya vemos que todo fue culpa de lo fácilmente que sabes mentir.
  Y mi madre: -¡Prométeme que irás a esas niñas y les dirás que las engañaste! ¡Prométeme que no volverás a mentir!
  Prometí, ¿cómo no? Fui a las niñas, deshice el fatal equívoco; se rieron de mi orgullo, justicieramente. No volví a mentir. No he vuelto a mentir. No volveré a mentir.
  Hubo un tiempo en que mi padre fue obrero, sí. Mi padre no era capitán.
Las manos de mi padre
  A partir de aquel día, comenzó una nueva era de mi pensamiento. Las palabras de mi madre. “¡A tu padre sólo se le manchan de oro las manos!”, me impresionaron fuertemente. Todos los padres de mis amigas sufrieron la inspección de mi nueva crítica.
  -¿Tu padre es tendero? ¡Se manchará de grasa! ¿Tu padre es albañil? ¡Se pondrá sucio de cemento! ¿Tu padre es cirujano? ¡Cómo se untará de enfermedades! -y, seguido: -Mi padre sólo toca oro, que es lo más rico del mundo. El oficio de mi padre es precioso.
  -¿Qué es tu padre?
  -Joyero.
  -¡Ah!
  Un exceso de orgullo reemplazó el silencio de antaño, por las mismas razones sin razón: el quehacer paterno, sostén de nuestras vidas, que era preciso exhibir ante la exhibición ajena. Y me dediqué a observar a mi padre cuando trabajaba, a indagar los accidentes de su trabajo; ¡quizá laboraba el subconsciente para reparar el pasado!
  Bajo mis ojos curiosos desfilaron las etapas del oficio. Desde la llegada del oro al taller, hasta su sabida transformación en joya. Primero, las hermosas monedas de oro se doblaban a fuerza de martillazos; luego se fundían en el crisol, con su aleación correspondiente. De allí, después de hervir alegremente, ¡como un verdadero rayo de sol líquido!, pasaba al molde donde, al enfriarse, se ennegrecía; convertido en barritas ya se le trabajaba de distintos modos, según su destino. Era delicioso verle, por ejemplo, adelgazarse a través de los consecutivos ojos de las hileras, hasta ser un hilo finísimo, útil para hacer los eslabones de cadenas, pulseras... O, cuando pasando por aquel rodillo se iba extendiendo en lámina cada vez más fina con destino a ser trabajada como chapa.
  ¡Qué firme el pelo de la cegueta, cortándola después!
  Y los martillazos de la forja sobre el yunque, cuando eran sortijas de sello las que se hacían, (¡aquellas horrorosas sortijas de sello que han ido llevando, cada día más bastas y más feas, todas las escalas sociales del mundo!).
  Y el clavado de los brillantes y demás piedras preciosas: las garritas enhiestas, el cincelito sobre cada una de ellas, y la mano con el martillo: tas, tas, tas, tas..., doblándolas para que protegieran al prisionero de tanto precio.
  Una de las cosas más bonitas era el soldado a soplete. Sobre un taco de madera recubierto de una capa de amianto, se colocaba la joya rota, con su soldadura ya preparada. A ella se dirigía la llama que desde la mecha de una candileja de alcohol se soplaba con un tubo curvo o recto casi. Mientras se soplaba no se podía respirar por la boca, so pena de tragarse la llama ágil, gruesa o delgada, afilada como la lengua de un áspid; o ancha como la de un animalote ordinario. Después se limpiaba la soldadura y se frotaba con unas unturas de piedra pómez y de trípoli -ésta, de rojizo color oscuro-, que olía a alcohol, y que se daban por medio de madejas sujetas a la mesa del pulimento. La joya, al final, brillaba sin vahos gracias a la caricia final de las gamuzas.
  -Papá -comenzaba mi interrogatorio. -El oro, ¿es lo mejor del mundo?
  Él trabajaba con verdadero primor: sobre el cajón de su mesa, abierto, que estaba forrado de cinc caían las limaduras menudísimas del precioso metal. Cuando iba a tocar otra cosa, antes se cepillaba delicadamente los dedos con unos cepillos suaves de pelo largo muy delgado... Aquellas limaduras se recogían después (la «limalla») y se agregaban al material de la nueva fundición.
  -Eso cree la gente -me respondía-; pero yo, no. ¡Ya ves qué negro y qué feo se pone cuando lo sacamos del crisol!
  -¡Sí que sale negro, pero luego brilla mucho!
  -Gracias al trabajo.
  -¿Y los brillantes, qué?
  -¡Bah! Trozos de carbón muy puro que arden que da gusto.
  -¿Arden?
  Mi padre se reía con ironía, y se encogía de hombros. Yo no sabía nunca si exageraba, si me engañaba para desacreditarme las joyas. Lo cierto es que yo no llevaba encima alhajas, que las desdeñaba profundamente.
  Para mí era un momento mágico aquél en que veía traer del Banco largos paquetes de monedas de oro, o de barritas del mismo metal.
  Las primeras caían dobladas bajo la violencia del martillo para transformarse luego en todos los fenómenos que me sabía de memoria.
  -Este es el oro, ya lo ves; una cosa que tiene el valor que quieran darle los hombres. Pero todo, gracias al trabajo. Si no se trabajara, ¿qué valdría él solo? A mí, salvo para hacer joyas que nos den lo suficiente para vivir, no me importa nada el oro.
  Cierto que sí. Mi madre me lo aseguraba constantemente:
  -Hija, tu padre no conoce el ahorro, no sabe lo que es el día de mañana. (¡Había que ver la entonación que daba mi madre a ese plazo de tiempo que se llama “el día de mañana”!). Cuando tiene dinero está deseando gastárselo, repartirlo. Eso está bien cuando uno no tiene hijos, pero cuando se tienen hay que mirar por ellos. ¡Si él me hubiera hecho caso a mí!...
  Esto picaba mi interés.
  -¿Qué hubiera hecho, mamá?
  Ella abría sus ojos negros y dulces, tan honrados, y exclamaba:
  -¡Pues muy sencillo! (Mi madre decía “muy sencillo”, con su acento ligeramente andaluz.) No habría quitado el “negosio”, sino despedido a la mayor parte de los que le estafaban, quedándose con dos o tres de “confiansa”. Él, para dirigir; y yo, ayudándole. ¡Hubiéramos sacado adelante las ruinas! Pero se empeñó en que todos comerían de él hasta el final, y... -aquí un largo suspiro-, así estamos. Menos mal que él tenía un oficio muy bonito, que le hicieron aprender sus tutores (¡otros tales!), cuando se quedó huérfano y propicio al saqueo de sus bienes. Al cabo de veinte años ha tenido que cogerse al oficio otra vez. Pero, ¿y tú, que podrías disfrutar de tantas comodidades? ¿Qué tendrás tú que hacer el día de mañana?
  -Mamá, ¿qué es “el día de mañana”?
  Se reía entonces ella mostrando su magnífica dentadura blanca, y toda su cara morena era un canto de salud y de esperanza. ¡Qué joven era mi madre!
  -¿Tampoco lo comprendes tú, verdad? Pues, hija; el día de mañana es... es “después”. ¿Entiendes? Cuando uno se cansa de trabajar porque está enfermo, o viejo, hay que tener algo que le permita vivir sin sacrificar a nadie.
  Intenté que me explicara mi padre aquello, no muy claro para mí. Pero él se encogió de hombros, indiferente, tardando en contestarme. Luego me miró como si quisiera calar mi alma futura.
  -Eso son cosas de tu madre, seguro, que siempre está barruntando dificultades. Mira; mi madre se murió cuando yo tenía nueve años, y mi padre, de melancolía, cuando aun no había cumplido yo los trece. Éramos muchos hermanos, y yo el menor. Una hermana de mi madre y su marido fueron los albaceas; y con tal honradez cumplieron su deber que a poco estábamos todos en la ruina. Me pusieron a trabajar de joyero; mis primeros maestros fueron buenos conmigo y aprendí pronto el oficio. Me casé con tu madre a los diecinueve años, ella tenía quince y poco más; aunque luchando y sufriendo mucho, nunca nos hemos quedado sin comer.
  Interrumpía mi madre, fogosa de palabra y muy locuaz:
  -¡Bueno, bueno; pero la nena es diferente! ¡Le vendría muy bien tener asegurado su porvenir!
  Él se indignaba sinceramente:
  -¿Para qué; para encontrar un marido que buscara mis ahorros? ¡Vamos, mujer! Lo principal que le dejaré, (y mi madre: -“lo único, dirás”) es un nombre, muy limpio y muy digno. Que aprenda a llevarlo bien, y el resto... Con estas manos yo he ido abriéndonos camino. Que trabaje ella también y que llegue a donde pueda o a donde merezca llegar, ¡Y no me canses a mí más con “el día de mañana”!
  Así, cobraban nuevo interés las manos de mi padre. Ya, implícitas en ellas, crecerían las mías.
  Cuando año después empecé a emplearlas en el trabajo, (¿te acuerdas, padre, allá desde tu desconocido país presente?), y uniéndolas al pensamiento fui abriéndonos paso más firme en la vida, un día le dije:
  -Gracias, padre, por no haber mirado por mi porvenir. ¡Qué estúpida es la vida a cubierto de las angustias económicas! ¡El esfuerzo mío, del cual estoy tan orgullosa, me vale más aún que la propia vida!
  En cuanto a mis manos...
  Mi padre sabe que son tan puras, tan dignas, que sólo el trabajo y la belleza las han retenido entre las suyas.»
 
 [El extracto pertenece a la edición de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.]
 

viernes, 16 de febrero de 2018

Del monasterio al ministerio: tres herejes españoles y la Reforma.- Paul J. Hauben ( ... )


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Prefacio

«No existe un estudio analítico sobre los herejes de la Reforma española, desde la compilación hecha por Eduard Böhmer hace casi un siglo. El lector bien puede preguntarse por qué el llevar adelante más investigaciones sobre la historia de un puñado de exiliados no muy importantes, puede ser útil o necesario, sobre todo si se tiene en cuenta que las obras de Böhmer siguen vigentes a pesar de su antigüedad. Hasta cierto punto esta pregunta es contestada en la introducción que inicia la extensa Primera Parte sobre Corro. Sin embargo, trataré de expresar ahora mis opiniones acerca de la cuestión.
 En principio, este tema es fiel reflejo del espíritu de su época, ello explica el interés de los estudiantes por él, como un episodio característico del pasado. En mi caso debo decir que tropecé, más o menos, con el tema, durante los años de doctorado, llegándome a sentir cada vez más fascinado por sus múltiples atractivos. Dejando a un lado los aspectos autobiográficos, ¿cuáles son estos atractivos? Corro, en especial, y los otros en menor medida (en parte simplemente por escasez de material disponible), son seres humanos muy llamativos, cuyas vidas transcurren en una época muy compleja, no totalmente distinta a la nuestra. En sus vidas la historia se materializa. Y tenemos que tratar con fuerzas y rumbos inexorables, a veces apenas perceptibles (pero necesarios para el análisis y la comprensión histórica, a pesar de lo abstracto) que están en la base de lo individual y de lo genérico humano. Tan sólo estos factores dejan entrever el interés del tema.
 Al principio de la Segunda Parte se notará que la importancia de Corro es frecuentemente extrínseca. Ahí, a través de Corro y de sus relaciones con otras personas, podemos descubrir a menudo cosas nuevas y útiles acerca de personajes de mayor importancia. Esto puede aplicarse a sus dos compañeros en este estudio. El que durante gran parte del tiempo los amigos y enemigos influyentes de Corro lo sean a la vez de Reina y Valera, presta unidad a este trabajo. Los tres empiezan sus vidas como monjes católicos y no tardan en volverse calvinistas, como lo sugiere el título. Realmente todos procedían del mismo monasterio Jerónimo, San Isidoro del Campo, en las cercanías de Sevilla.
 A través de estas tres personas podemos entrar a considerar la validez histórica de los emigrados protestantes españoles. Aquéllos que escaparon de España y de la Inquisición, y otros de origen español, que se concentraron en ciudades como Amberes, tuvieron más tarde o más temprano que dispersarse a lo largo de Europa Occidental. Con la ascensión de Isabel I, Londres se convirtió en poco tiempo en el refugio de los mencionados españoles, como también, muchas veces, en el de la mayoría de los exiliados de la Reforma. Por tanto no sólo podemos llegar a tener nuevas perspectivas sobre individuos de importancia ligados a estos refugiados, sino también una comprensión básica de la Reforma (y para el caso de la Contrarreforma) que actuaba en muchas partes. Todavía más, las reacciones ante la presencia de los herejes españoles, revelan con frecuencia las políticas de los gobiernos. El ejemplo más claro será el de la reina Isabel en su cambiante actitud respecto a aquéllos, que variaba generalmente en consonancia con el estado de las relaciones anglo-españolas. De la misma manera las posturas oficiales francesas al respecto, expresan significativamente la ambigüedad de Francia frente a Felipe II, después de 1559.
 Con la excepción (que se conoce, claro está) de Valera, todos los españoles estudiados se enfrentaron, antes o después, con su nueva religión. En algunos casos, como en el de Corro, alcanzaron notoriedad, siendo acusados contradictoriamente de anti-Trinitarismo (relacionado tanto con la Trinidad como con el bautismo de los infantes), Anabaptismo, "crypto-"Catolicismo (o Luteranismo, o de las dos), de heterodoxia respecto a la Eucaristía y de otras cosas similares. Estas graves acusaciones vinieron con frecuencia de los labios y de las plumas de hombres tan eminentes como Teodoro Beza, considerado el sucesor de Calvino. Los defensores de los españoles también fueron, a menudo, importantes hombres de leyes, tales como William Cecil y el conde de Leicester, en Inglaterra, y en Francia, los Colygnys, así como teólogos respetables y prelados como el arzobispo Matthew Parker, de Canterbury, y en el continente, ministros calvinistas de segunda importancia. A veces la postura de una persona en tales controversias, podía cambiar en un período de años, como cambió Edmund Grindal con respecto a Corro, mientras que apoyó siempre a Reina. No será suficiente pensar que algunos mintieran o que fueran cínicos sin escrúpulos, o que en nombre de Dios hubiesen hecho cualquier cosa para abatir a un enemigo de la fe, aunque quizá esto último se acerca a la explicación. He encontrado muy instructivo seguir el brillante razonamiento de Lucien Febvre para desvelar la mentalidad que se oculta detrás de tales situaciones.
 Febvre observó que ciertas palabras en el siglo XVI poseían un significado muy insultante, pero emocionalmente indeterminado. Fue quizás la palabra "ateo" la más típica de estas. Luego "Servetismo" tuvo connotaciones similares entre los protestantes españoles. Cuando se hacía una acusación, el acusador era culpado casi automáticamente, hasta que se comprobara su inocencia. Más aún, fue práctica común unir una acusación extrema con otra potencialmente más concreta (aunque también falsa). Por ejemplo, Rabelais fue para Calvino a la vez ateo y luterano. Esto hizo que Febvre comentara agudamente que "Los apasionados religiosos de la época rara vez dudaban en conciliar los epítetos más increíbles en contra de un adversario a quien fuera conveniente [permitir el abandono, voluntario o no, de la fe]". Irónicamente, la Inquisición española en su lucha fructífera contra el Eramismo y el Iluminismo, desde 1525-1540, aproximadamente, puso en práctica una fórmula similar bastante efectiva. El caso de Juan del Castillo es la mejor ilustración de ésta. "Juan se había movido entre los eramistas en la corte de Carlos V y en la Universidad de Alcalá; ...estrechamente asociado con los principales apóstoles del Iluminismo; ... y fue quemado... como discípulo de Lutero", en 1535. "Tal embalaje herético", que prescindía de toda exactitud, resultó ser efectivo, impulsado por la división entre eramistas e iluminados.
 Febvre siguió el curso de las cambiantes opiniones de Beza respecto a Rabelais, que a mi juicio anticipan las también fluctuantes opiniones de Beza sobre Corro.»
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de Editora Nacional, en traducción de María Cristina Bravo Corda. ISBN: 84-276-0440-8.]

jueves, 15 de febrero de 2018

Manuscrito encontrado en Zaragoza.- Jan Potocki (1761-1815)


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Segunda parte: jornada undécima
 Historia del filósofo Atenágoras

«-Había en Atenas una casa muy grande y espaciosa, que se hallaba deshabitada. Con frecuencia, en el silencio más profundo de la noche, se oía un ruido de hierros que chocaban con otros hierros y, si se escuchaba con más atención, un ruido de cadenas que parecía venir de lejos e iba acercándose. En seguida aparecía el espectro de un viejo, flaco y abatido, con una luenga barba, erizados los cabellos, y en pies y manos cadenas que sacudía de manera espantosa. Esta horrible aparición quitaba el sueño, y los insomnios de las personas que habitaban en la casa les causaban enfermedades que solían terminar de la manera más triste. Pues durante el día, aunque el espectro ya no apareciese, la impresión causada por él era tan fuerte que uno creía seguir viéndole, y el espanto era el mismo, aunque hubiera desaparecido el objeto que lo causaba. Finalmente, la casa fue abandonada y se dejó al fantasma campo libre. Se puso un letrero anunciando que se alquilaba o vendía con la esperanza de que alguien, ignorante de aquella desagradable presencia, se dejase engañar.
 Por aquella época llegó a Atenas el filósofo Atenágoras. Vio el letrero de la casa y preguntó el precio. Lo exiguo de éste le hizo sospechar. Procuró informarse y entonces le contaron la leyenda de la casa, pero esa leyenda, lejos de hacerle desistir, le animó a firmar el contrato sin demora. Se instaló, pues, en la casa y a la noche ordenó que se pusiese su lecho en la habitación principal; le llevaron allí sus tablillas y una luz, y los criados se retiraron al fondo de la casa. Temiendo que su imaginación demasiado libre, llevada de un temor frívolo, le hiciese ver vanos fantasmas, Atenágoras aplicó su espíritu, sus ojos y su mano a escribir.
 Al comienzo de la noche, el silencio reinaba en la casa, como en todas partes, pero pronto empieza a oírse el entrechocar de hierros y cadenas. El filósofo no levanta los ojos ni deja su pluma. Permanece sereno, esforzándose en no oír nada. Pero el ruido aumenta y parece venir de la puerta de la habitación o de dentro de ella. Atenágoras mira entonces y ve al espectro tal como se lo habían descrito. Estaba de pie y le llamaba con el dedo. Atenágoras le hace una señal con la mano para que le espere un momento y continúa escribiendo como si nada ocurriese. Vuelve el espectro a chocar con estrépito sus cadenas, haciéndolas retumbar junto a los mismos oídos del filósofo.
 Este se vuelve y ve que de nuevo el fantasma le llama con el dedo. Entonces se levanta, coge una luz y sigue al fantasma, que camina muy lentamente, como si el peso de las cadenas le abrumase. Al llegar al patio de la casa, el fantasma desaparece súbitamente, dejando allí a nuestro filósofo, que recoge un puñado de hierbas y de hojas y las coloca en el lugar donde el espectro se había desvanecido, para poder reconocerlo. Al día siguiente, Atenágoras va a ver a los magistrados y les pide que ordenen se cave en aquel lugar. Los magistrados dan la orden y se encuentran huesos descarnados unidos por cadenas. La carne había sido consumida por el tiempo y la humedad y no quedaban más que los huesos atados. Se reunieron éstos y las autoridades se encargaron de darles sepultura. Desde que el muerto se halló en su última morada ya no turbó más la paz de aquella casa.
 Terminada su lectura, Uceda añadió:
 -Los fantasmas han venido a la tierra en todas las épocas, reverendo padre, como lo podremos ver en la historia de la Baltoyve de Endor y los cabalistas han tenido siempre el poder de invocarlos y hacerlos aparecer. Admito, sin embargo, que se han producido grandes cambios en el mundo demonagórico. Los vampiros, entre otros, son una invención nueva, si puede hablarse así. Yo distingo dos especies: los vampiros de Hungría y de Polonia, que son cadáveres que salen de sus tumbas durante la noche y van a chupar la sangre de los humanos. Y los vampiros de España, que son espíritus inmundos que dan vida al primer cuerpo que encuentran y le infunden toda clase de apariencias y...
 Viendo adónde el cabalista quería llegar, me levanté de la mesa un poco bruscamente y me dirigí a la terraza. No había pasado aún media hora cuando vi a mis dos gitanas, que parecían tomar el camino del castillo. Vistas desde lejos seguían teniendo un parecido exacto con Emina y Zibedea. En seguida me propuse hacer uso de la llave que me había dado Rebeca. Fui a mi cuarto en busca de mi capa y mi espada, y bajé rápidamente hasta la verja. Pero después de abrirla me di cuenta que faltaba lo principal, que era atravesar el torrente. Para esto tuve que seguir el muro de la terraza, agarrándome a unos hierros que allí habían sido colocados a propósito. Por último, llegué a un lecho de piedras y saltando de una en otra logré cruzar al otro lado del torrente y encontrarme frente a las gitanas. Pero vi que no eran mis primas. No tenían sus maneras, aunque tampoco los modales vulgares y populares de las mujeres de su país. Parecía como si representasen un papel sólo para mantener el personaje. Primero quisieron decirme la buenaventura. Una de ellas me abrió la mano y la otra, fingiendo ver todo mi porvenir, me dijo en su argot:
 -Ah, caballero, che vejo en vuestra bast. Dirvanos Kamela, ma por quen, por demonios. Es decir, "Ah, caballero, ¿qué veo en vuestra mano? Mucho amor, pero ¿a quién? ¡A unos demonios!"
 Naturalmente, yo no hubiera adivinado jamás que Dirvanos Kamela quería decir "mucho amor" en el argot de las gitanas. Pero ellas se tomaron la molestia de explicármelo y luego, cogiéndome cada una de un brazo, me condujeron a su campamento, donde me presentaron a un viejo de buen aspecto, aún fuerte, que me dijeron era su padre. El viejo me dijo, con un gesto algo malicioso:
 -¿Sabéis, caballero, que estáis en medio de una banda de la que no se habla muy bien en el país? ¡No tenéis un poco de miedo de nosotros?
 A la palabra miedo puse mi mano en el pomo de mi espada. Pero el viejo me tendió afectuosamente la mano y me dijo:
 -Perdón, señor, no he querido ofenderos y tan lejos estoy de ello que os ruego paséis algunos días con nosotros. Si os puede interesar un viaje por estas montañas, os prometo enseñaros los más hermosos valles y los más peligrosos, los lugares más agradables y los más horribles. Y si os gusta la caza, tendréis ocasión de satisfacer esa afición.
 Acepté el ofrecimiento del viejo con un placer tanto mayor cuanto que ya empezaba a aburrirme un poco de las disertaciones del cabalista y de la soledad de su castillo. [...] Pero hacía medianoche me desperté sobresaltado. Sentí como si levantasen a la vez los dos lados de mi cobertor y como si dos cuerpos se apretasen contra mí. "Dios mío, me dije, ¿despertaré otra vez entre los dos ahorcados?" Logré alejar esta idea de mi imaginación y pensé que quizá aquellos modales pertenecerían a la hospitalidad gitana y que no correspondía a un militar de mi edad rechazarlos. No tardé en dormirme, firmemente convencido de no hallarme entre los dos ahorcados.»
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, en traducción de José Luis Cano. ISBN: 84-206-1236-7.]