lunes, 9 de octubre de 2017

"Sofía".- Amadeo Vives (1871-1932)


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Apólogos, fantasías y rapsodias
XVII.- Lo que me dijo Manolita

«Yo me llamo Manolita, tengo diecisiete años y soy mimí de profesión. Hija de familia distinguida, murió mi padre y nos quedamos sin nada. Éramos dos mujeres solas, con una pensión de catorce duros al mes. ¿Qué hacer? Mis padres no se ocuparon de mi educación y, aunque sé leer, escribo malamente. Soy bonita, ya lo sé; pero como ser bonita es mi único patrimonio, sólo he podido ampararme en eso, en que soy bonita. Mi primera idea. así como la de mi madre, fue la de casarme. Mientras empeñábamos los últimos restos de lo que fue nuestra casa, esperé la llegada de un muchacho guapo, joven y rico. Todas las noches soñaba con él; todas las mañanas me componía para presentarme a él; todos los días salía a la calle y le buscaba a él en paseos, tiendas, templos, teatros. Y él sin aparecer. Una gitana me dijo que él estaba al llegar; una bruja me aseguró que estaba en camino. Aprendí a echarme las cartas y todos los días me anunciaban buena ventura. Devoraba novelas y me sentía heroína. Cifraba toda mi esperanza en una sorpresa, en un milagro, en la lotería, a la que era muy aficionada. A veces me entraba un gran desasosiego y entonces me metía en la cama y allí permanecía horas y horas, abandonándome, primero, a las locuras de la imaginación, después al llanto y, finalmente, al sueño. Llegué hasta a carecer de jabón para el tocador. Y así pasé más de un año.
 Hasta que un día le dije a mi madre:
 -No te apures.
 Y salí a la calle... y volví con cincuenta duros.
 Desde entonces no he carecido de nada; pero entre un joven guapo y un viejo sesentón, hay bastante diferencia. Me cansé y decidí cambiar de postura. ¡Qué más daba ya! En algunas juergas adonde me llevó mi amigo conocí algunas muchachas como yo, que actuaban en music-halls, cabarets, cafés-concierto. Me presenté un día al director, fui admitida y aquí estoy. Con que ya sabe usted mi historia que, poco más o menos, es la misma de todas las demás compañeras.
 -¿Y cuánto ganas?
 -Diez pesetas.
 -Diez pesetas y lo que caiga, ¿no?
 -No, señor; no puede caer nada. Nos está prohibido aceptar proposición alguna de los parroquianos.
 -¿Por qué?
 -Porque los parroquianos que consiguen su objeto, generalmente no vuelven. Ésta es la orden más severa que tenemos. Nuestra obligación consiste en bailar con el que quiera y en la forma que él quiera; en este punto hay libertad, la más absoluta y omnímoda libertad; luego beber, fumar, comer, cuanto más y más caro, mejor; y, finalmente, después de dos o tres horas de coba, dejarles con un palmo de narices, con promesas que no suelen cumplirse nunca. Nuestro principal mérito consiste en el gasto que se hace por nuestra causa.
 -Pero vosotras no cumpliréis tales órdenes al pie de la letra.
 -¡Claro que no! Pero procuramos por encima de todo conservar los parroquianos para no perder la casa que, al fin y al cabo, es nuestro escenario, nuestro escaparate, nuestra bolsa. Ya ve; mi viejo sesentón me buscó de nuevo y es mucho más espléndido desde que actúo aquí...
 -¿Y de salud, cómo andas?
 -No muy bien. Usted verá. Para justificar los convites una se ve obligada a comer y beber a todas horas; después de champagne, cognac; después un té; luego un beefsteak; después un vermouth; más tarde benedictino o ajenjo... Calcule usted al final cómo estará el estómago. Es cierto que no me importa gran cosa: ya sé que he de morir joven, como todas. Para este oficio, a los veinticinco años ya somos viejas. Menos mal si se encuentra luego algún buen padre de familia, que quiera a última hora presumir de joven.
 -¿Y sois muchas?
 -¡Huy! ¡Muchísimas! ¡A miles! Y, es natural, señor. Yo he conocido a muchas chicas de las que tienen un oficio. Trabajan como negras, las explotan sin conciencia y, encima, las desprecian. Como una muchacha pobre no puede escoger más que entre la lástima y la envidia, yo y muchas como yo, preferimos que nos tengan envidia, y hasta nos divierte hacer rabiar a más de cuatro señoronas pensando en lo mucho que han despreciado nuestra pobreza y en el placer que encontraban humillándonos. Así es la vida. Los hombres saben ayudarse más unos a otros; las mujeres, no. Por ahí andan muchas hablando de feminismo y no se acuerdan de nosotras para nada. ¿Por qué no se asocian para salvar nuestra miseria? Estas señoras escriben demasiados libros, pero no hacen nada. La mayor parte de mis compañeras apenas sí saben leer. ¿Qué arma se nos ha dado para defendernos? Ninguna. Que no nos critiquen, pues. Los hombres son malvados, egoístas, embusteros, fríos, calculadores y viciosos, pero en vista de que las mujeres que pueden nos abandonan, en ellos encontramos refugio. Nuestra salvación está precisamente en los vicios de los hombres. Nuestra salvación y nuestra venganza. El placer de dominar a un hombre y hasta de envilecerle si es posible, es el único placer que nos es dado gozar en la vida... ¡Que paguen unas y otros el abandono en que nos tienen y que no se vayan al otro mundo de rositas! ¡Ya que no podemos cantar la libertad, porque la mujer está entre cadenas toda su vida, cantemos el champagne, el amor fácil y la ruleta!
 ¡Hurra!
 -¡Ah! Y si usted conoce a algún Armando Duval que quiera llevar una corona de flores naturales a mi tumba, encárguele... que sea de ramos de azahar. ¡Qué poético! ¿No?
 -¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja!...»
 

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